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Primera
unidad - Introducción
Introducción
El
sacerdote Edward Flannery, en el prólogo a su obra Veintitrés
Siglos de Antisemitismo, revela que su interés por este
tema nació cuando descubrió que la ignorancia
al respecto es un abismo que separa a judíos de cristianos.
"¿Cómo es posible que el judío - se
pregunta Flannery- abrumado por la conciencia de la secular
opresión que ha sufrido en el mundo cristiano, hable
en igualdad de condiciones con el cristiano, que está
sinceramente convencido de que su interlocutor otorga excesiva
importancia a las persecuciones?"
Y
bien, en ese sentido un curso como el nuestro podrá tender
un puente sobre el abismo, permitiendo a más gente conocer
páginas muy oscuras de la experiencia humana, y llamativamente
poco investigadas.
Hasta
1879, el odio hacia los judíos no tenía siquiera
un nombre especial. Ese año Wilhelm Marr acuñó
el término "antisemitismo" a fin de distanciar
el fenómeno de toda connotación religiosa. El
panfleto de Marr, "La victoria del judaísmo sobre
el germanismo considerada desde un punto de vista no-religioso"
exhortaba a que se hostilizara a los judíos independientemente
de sus inclinaciones religiosas. Pero el vocablo que Marr eligió
tiene varios defectos.
En
principio, "semitas" no hay. Puede hablarse de lenguas
semíticas, o de grupos semitas de la remota antigüedad,
pero suponer que, por ejemplo, un judío de Holanda, uno
de Etiopía pertenecen a la misma "raza semita"
junto con un árabe de Marruecos, es a todas luces absurdo.
En
segundo lugar, y más importante aún, personas
contra los semitas, no sólo que no hay, sino que nunca
hubo. Jamás se crearon partidos, publicaciones, o ideas
que combatieran a los "semitas". Es más, la
voz se presta a juegos de palabras. En marzo de este año,
el canciller egipcio Amer Musa respondió a una acusación
preguntando: "¿Como vamos a ser antisemitas, si
nosotros somos semitas?"
Lo
lamentable es que el término acuñado por un judeófobo
como Marr se difundió por doquier, aun cuando tres años
después, un prestigioso pensador judío, León
Pinsker, sugirió la más apropiada palabra, "judeofobia",
para caracterizar el encono hacia los judíos.
"Judeofobia"
es más precisa porque en el prefijo señala el
verdadero destinatario de esta aversión, el judío,
y en el sufijo alude a su carácter irracional. Es cierto
que en psicología "fobia" también responde
a su origen griego, "miedo". Y se habla de ailurofobia
(miedo a los gatos), nictofobia (a la noche) o claustrofobia
(a los lugares cerrados). Pero en ciencias sociales tiene un
significado más cercano al odio (no al temor) como en
"xenofobia" (odio a los extranjeros).
La
judeofobia no es una forma de la xenofobia, puesto que los judíos
no son extranjeros de los países en los que viven. Y
si, como dijimos, tampoco son una raza, la judeofobia no es
una especie del racismo. Es un fenómeno muy singular,
y como tal vamos a estudiarlo.
Hemos
ofrecido cinco justificaciones del término "judeofobia"
en lugar del usual "antisemitismo". Estas incluyen
motivos históricos, semánticos y lógicos.
Pero si aún no están convencidos de que el uso
de "judeofobia" sea el deseable, permítanme
agregar un argumento más.
El
prefijo "anti" combinado con el sufijo "ismo"
sugiere una opinión que viene a oponerse a otra opinión,
como en antimercantilismo, antidarwinismo o antiliberalismo.
Pero la judeofobia no es una idea. Jean-Paul Sartre, en su famoso
libro sobre el tema, sugiere que no le permitamos al judeófobo
disfrazar su odio de "opinión". En la medida
en que usemos "antisemitismo", los judeófobos
podrán adornar a sus rencores con una aureola de criterio
razonado, lo que además nos impide entender el fenómeno
de la judeofobia con claridad.
La
Singularidad de la Judeofobia
Odios
contra grupos siempre existieron. Pero en nuestro estudio partimos
de la base de que el despecho contra los judíos es único.
Los judíos fueron odiados en sociedades paganas, religiosas
y seculares. En bloque, fueron acusados por los nacionalistas
de ser comunistas, por los comunistas de ser capitalistas. Si
viven en países no judíos, son acusados de dobles
lealtades; si viven en el país judío, de ser racistas.
Los judíos ricos fueron agredidos y los pobres maltratados.
Cuando gastan su dinero son resentidos por ostentosos; cuando
no lo gastan, son despreciados por avaros. Fueron llamados cosmopolitas
sin raíces o chauvinistas étnicos. Si se asimilan
al medio, son temidos por quintacolumnas; si no, son odiados
por cerrarse en sí mismos. Cientos de millones de personas
han creído por siglos, que los judíos beben la
sangre de los no-judíos, que causan plagas y envenenan
pozos de agua, que planean la conquista del mundo, o que asesinaron
al mismísimo Dios.
En
aras de ordenar la clase, digamos que no hay odio más
antiguo, más generalizado, más permanente, profundo,
obsesivo, peligroso y quimérico que la judeofobia. Veamos
cada característica separadamente.
1.Antiguo.
Robert Wistrich tituló a su último libro sobre
el tema "El odio más antiguo". Veremos enseguida
las distintas posibilidades acerca de cuándo nació
la judeofobia, pero adelantemos ya que se trata de un inquina
que continuó más o menos durante dos milenios
y medio. O como explica Shmuel Etinger, la judeofobia "es
un fenómeno que se prolongó ininterrumpidamente,
en lo fundamental, desde la época helénica hasta
nuestros días, aunque asume características distintas
en el curso de la historia. Precisamente, su continuidad histórica
es un factor decisivo en su intensidad y en su capacidad de
adaptarse a las cambiantes condiciones contemporáneas".
2.Generalizado. De todos los países europeos en los que
residieron, los judíos fueron expulsados alguna vez.
Los ejemplos más recordados son Inglaterra en 1290, Francia
en 1306 y en 1394, Hungría en 1349, Austria en 1421,
numerosas localidades de Alemania entre los siglos XIV y XVI,
Lituania en 1445 y en 1495, España en 1492, Portugal
en 1497, y Bohemia y Moravia en 1744. En las más diversas
situaciones históricas, los judíos fueron hostilizados
en casi todos los países del mundo, aun aquellos en donde
no estaban. El Japón de hoy es un ejemplo de cómo
la judeofobia puede existir aun cuando la comunidad judía
sea minúscula. Y China es frecuentemente citada como
la excepción a esta regla de la universalidad de la judeofobia.
3.Permanente. En la mayoría de los lugares, la judeofobia
continúa años, décadas, e incluso siglos
después de que los judíos han partido. El rey
Eduardo I expulsó a los judíos de Inglaterra en
1290, y su readmisión no se produjo hasta 1650. Es notable
que Shakespeare pudo crear su estereotípico Shylock,
el judío de "El Mercader de Venecia", después
de tres siglos en los que en su país no había
judíos. La audiencia podía despreciar al judío
y burlarse de él, sin que ninguno de ellos, ni sus padres,
ni sus abuelos, los hubieran conocido en persona.
En el siglo XVII Francisco de Quevedo atacaba a su competidor
literario, Luis de Góngora, aludiendo a su "nariz
judía" y amenazando con que untaría sus poemas
con tocino a fin de que los judíos no se los plagiaran...
aunque éstos habían sido expulsados de su país
hacía más de un siglo.
En Latinoamérica, Julián Martel escribe su novela
"La Bolsa" en la que se acusa a los judíos
de haber hecho quebrar la Bolsa de Comercio de Buenos Aires
en 1890, una época en la que virtualmente no había
judíos allí.
Un último ejemplo: en 1968 el gobierno polaco lanzó
una campaña por radio y televisión tendiente a
"desenmascarar a los sionistas de Polonia". Casi treinta
años después de que tres millones de judíos
polacos fueran exterminados por los alemanes, en Polonia podía
aún despertarse odio por una diminuta minoría
que no alcanzaba al 1% de la población.
4.Profundo. Como resultado de los atributos mencionados, los
estereotipos mentales en contra de los judíos están
hondamente arraigados. Si tenemos en cuenta que por siglos,
cientos de millones de personas creyeron que los judíos
transmiten la lepra, que matan niños cristianos para
sus rituales, que dominan el mundo entero, que son una raza
promiscua o criaturas diabólicas, que Dios desea que
sufran, u otras variantes, entonces se ve por qué la
judeofobia es tan fácil, por qué el judeófobo
no debe invertir muchos esfuerzos en despertar antipatías
contra el judío, ya que no tiene más que echar
mano a la asociación mental apropiada a un momento determinado.
Se dice de Goebbels, el ministro de propaganda alemán
durante el régimen nazi, que había distribuido
un cartel que mostraba a un hombre montado en un bicicleta con
la leyenda "La desgracia de Alemania son los judíos
y los ciclistas". El lector se preguntaba ingenuamente
"¿Y por qué los ciclistas?" y así
la propaganda había cumplido con su objetivo. La profundidad
de la judeofobia había hecho una buena parte del trabajo.
5.Obsesivo. Para el judeófobo los judíos no son
un enemigo; son el enemigo. No ve satisfecho su impulso hasta
que el judío no es quebrado del modo más total.
Durante los siglos XIX y XX en el imperio ruso las palizas y
asesinatos de judíos se difundieron a tal punto, que
se acuñó el término "pogrom"
para definirlos. Y eran vistos por sus perpetradores como el
medio de salvar a la nación. "Byay Zhidov Spassai
Rossiyu, Golpea al judío y salva a Rusia" era su
lema.
Ernest Cassirer reflexionó en "Modernos mitos políticos"
acerca del discurso de despedida de Adolf Hitler a la nación
alemana, antes de su suicidio el 30 de abril de 1945. ¿Cuál
fue su mensaje? No recordó las glorias de Alemania, ni
expresó dolor por la destrucción de su país;
no se arrepintió del baño de sangre en el que
acababa de sumir al mundo; ya no promete la conquista. Su atención
sigue fija en un punto que lo obsesiona: los judíos,
"el enemigo eterno". "Si soy vencido, la judeidad
podrá celebrar"... Y si bien Hitler encarnó
la judeofobia en su extremo máximo, la obsesividad es
una característica reiterada.
6.Peligroso. Debido a su profundidad, con mucha frecuencia la
hostilidad contra los judíos desborda la discriminación
y estalla en violencia física. En casi todos los países
en donde los judíos viven o vivieron, fueron en algún
momento sometidos a golpizas, tortura y muerte, por el único
motivo de ser judíos. Por ello toda expresión
judeofóbica es potencialmente más peligrosa que
expresiones de aversión contra otros grupos. Por ejemplo,
en todos los países hay chistes xenofóbicos en
contra de minorías. En los EE.UU. son los chistes de
polacos, en Inglaterra de irlandeses, en Brasil de portugueses,
en la Argentina de gallegos, en Suecia de noruegos, etc. Los
chistes de judíos pueden ser tan inofensivos como cualquiera
de los otros. Sin embargo, si no hubieran existido habido chistes
de judíos en Europa durante uno o dos siglos antes del
Holocausto, la virulencia de la judeofobia podría haber
sido menor, y los nazis habrian encontrado menor apoyo para
su genocidio. Para las otras minorías mencionadas, no
hubo hogueras, cámaras de gas y hornos crematorios. Y
la judeofobia se transmite en gestos, en chistes y en generalizaciones,
mucho más que en conferencias. Ulteriormente, cuando
un prejuicio es tan peligroso, los chistes pueden ser letales.
7.Quimérico. Este bien puede ser el rasgo esencial. El
odio de grupo deriva usualmente de una incorrecta interpretación
de la realidad. Si como hoy, un francés odia a los argelinos
porque corrompen su cultura, o un alemán odia a los turcos
porque le quitan sus puestos de trabajo, en ambos casos la realidad
ha sido mal interpretada. Ciertamente hay desempleo en Alemania,
pero no son los turcos los culpables de ello.
El caso de la judefobia difiere de la xenofobia mencionada.
No hay que confrontarse con una interpretación incorrecta,
sino con mitos. Los judíos son odiados por comer no-judíos
en el pasado, o por dominar el mundo en el presente, por haber
matado a Dios, o por haber inventado el Holocausto, o por promover
las guerras, la esclavitud, el mal.
No
es fácil contender con argumentos de esta índole.
Incluso
si hubiera odios que comparten una o dos de estas características,
no se encontrará uno que, como la judeofobia, combine
todas ellas. Que la encaremos de modo singular no significa,
por supuesto, minimizar el sufrimiento de otros grupos, o condonar
la persecución contra otras minorías cualesquiera.
Todo aborrecimiento de grupo, todo racismo y persecución
deben ser repudiadas. Pero la judeofobia sigue siendo el odio
más antiguo, profundo, peligroso y quimérico,
y si la diluimos en un mar de discriminaciones y prejuicios,
la entenderemos menos. Empecemos por analizar cuándo
se originó el fenómeno.
Seis
Teorías sobre el Origen de la Judeofobia
Puede
esgrimirse que la judeofobia comenzó:
1.con
los primeros hebreos, hace cuatro milenios; 2.con la esclavitud
egipcia hace algo más de tres milenios; 3.con el Retorno
a Sión, hace dos milenios y medio; 4.con el helenismo
alejandrino, hace veintitrés siglos; 5.con el cristianismo,
hace dos milenios; 6.con el totalitarismo moderno, hace algo
más de un siglo.
En
esta lección intentaremos descartar las teorías
1,2,3 y 6. En la próxima nos concentraremos en la teoría
4, y en la lección subsiguiente en la 5.
Sobre
la teoría 1, digamos que rastrear la judeofobia hasta
la época patriarcal es incorrecto, tanto histórica
como teóricamente. Desde el punto de vista histórico,
no es cierto que los judíos hayan sufrido persecuciones
por tanto tiempo. Aunque hay algunos versículos bíblicos
que evidencian un tono judeofóbico, extraeremos de la
Biblia solamente arquetipos que faciliten la comprensión,
y no precisión histórica.
El
primer ejemplo podría ser Abimelej, el rey de Guerar
en el Neguev, quien espetó al patriarca Isaac: "Alejate
de entre nosotros, puesto que te has hecho más poderoso
que nosotros" (Génesis 26:16). Este es un arquetipo
de los argumentos que emplea la judeofobia, especialmente porque
el original hebreo puede leerse "Alejate de entre nosotros,
porque has prosperado a costa nuestra".
Desde
la teoría, sostener como Hermann Gunkel que con los primeros
hebreos aparece la judeofobia, es dar por sentado que las meras
diferencias son la fuente del odio, y no la intolerancia frente
a la diferencias. Abraham no tenía por qué generar
enemigos por el hecho de proponer la distinción monoteísta;
la judeofobia comienza con los judeófobos, no con los
judíos.
En
cuanto a la teoría 2, quien sostenga con Charles Journet
que la motivación del Faraón era judeofóbica,
debe tomar la Biblia demasiado literalmente. Es cierto que el
monarca egipcio expresa un tercer argumento habitualmente empleado
por judeófobos: que los judíos son una quinta
columna. Así lo enuncia el Faraón: "He aquí
los hijos de Israel, son más que nosotros y más
fuertes. Actuemos contra ellos con astucia para que no se multipliquen
y, para que cuando nos acaezca una guerra, no se unan a nuestros
enemigos para combatirnos" (Exodo 1:9-10). Pero sería
más razonable atribuirle a los egipcios un intento xenofóbico
de esclavizar a otros pueblos, una práctica usual de
la antigüedad, y no un odio específico contra los
judíos como tales.
Otros
arquetipos de judeofobia que trae la Biblia son los pueblos
que atacaron a los hebreos gratuitamente, durante la marcha
hacia la Tierra Prometida. Los dos más destacados son
Amalek y Midián, precisamente por la gratuidad del ataque.
En esos dos casos, a diferencia de Moab, el trayecto de los
hebreos no representaba amenaza alguna para ellos. Por ello
el ataque fue generado por la saña y a mansalva. Pero
la historicidad de esos combates es demasiado nebulosa como
para que puedan considerarse comienzos de la judeofobia.
Descartadas
las hipótesis 1 y 2, pasemos a explicar la 3, que señala
el origen de la judeofobia en la época del Retorno judío
a Sión durante el siglo V a.e.c. Probablemente, de esta
época data el máximo arquetipo bíblico
de la judeofobia, Hamán. En efecto, algunos historiadores
relacionan a este personaje con el rey persa Jerjes I, quien
habría sido el Ajashverosh (Asuero) del libro de Ester.
De acuerdo con este texto, Hamán fue el visir del rey
que planeó el genocido de todos los judíos del
extenso reino. Y, otra vez, aun cuando la historicidad de los
hechos no fue demostrada, las palabras de Hamán tuvieron
eco en las de los judeófobos de todas las épocas:
"Hay un pueblo disperso en todas las provincias... cuyas
leyes son distintas de las del pueblo, y no observan las órdenes
del rey... Escríbase que sean destruidos" (Ester
3:8).
Más
allá de la Biblia, hay dos eventos de ese siglo V a.e.c.
que sí podrían marcar la génesis de la
judeofobia. Uno en la tierra de Israel (el ataque contra los
que regresaban de Babilonia para reconstruir Jerusalem) y otro
en la Diáspora (la destrucción del templo judío
de Elefantina en Egipto).
Cuando
Nejemías, en cumplimiento del permiso que otorgara el
rey Ciro de Persia, lideró el Retorno a Sión en
el año 445 a.e.c., debió confrontarse con la activa
oposición de Sanbalat I "el enemigo" (Nejemías
6:1,16).
Tres
décadas después, el templo que la comunidad judía
había erigido en la pequeña isla de Elefantina
en el Nilo, fue destruido. El templo se había levantado
en el 590 a.e.c. y fue destruido en el 411 a.e.c. por los sacerdotes
de Khnub con la ayuda del comandante persia Waidrang. Pero más
que un estallido judeofóbico, aquella destrucción
parece haber sido un acto fanático de egipcios que resentían
el dominio persa.
Podemos
concluir que los episodios de Sanbalat y de Waidrang fueron
aislados, y no dejaron huellas en la historia de la judeofobia,
que aún debía nacer. Esta conclusión nos
deja con tres tesis, las 4, 5 y 6.
Esta
última fue sostenida por Hannah Arendt, quien en "Los
orígenes del totalitarismo" describe "el antisemitismo
como una ideología secular evidentemente diferente"
del odio religioso contra los judíos. Esta descripción
es simplista. Por supuesto que los partidos políticos
judeofóbicos se crearon en Alemania en el los años
1880s, y por entonces ocurrió por primera vez que un
régimen utilizara la judeofobia como un medio calculado
para obtener poder, pero lo importante no es cuándo la
judeofobia fue por primera vez un instrumento político,
sino cuando apareció.
Es
cierto que el siglo XIX trajo consigo un nuevo tipo de judeofobia.
Pero el fenómeno ya existía: es único precisamente
por su adaptabilidad a distintos contextos históricos.
Esta característica muestra tanto su permanencia como
su singularidad.
Nos
quedamos entonces, con las dos teorías más aceptables.
Las raíces de la judeofobia están o bien en el
helenismo, o bien en el cristianismo. En las próximas
dos clases analizaremos sendas posibilidades.
Bibliografía
La
bibliografía general en la que se basa el curso es:
o"Historia
del antisemitismo" de León Poliakov, en cinco tomos.
o"Antisemitismo" de James Parkes, Ed.Paidós,
Bs.As., 1965. o"Veintitrés siglos de antisemitismo"
de Edward Flannery, Ed. Paidós, Bs. As., 1964. oLa bibliografía
especial, se irá ofreciendo en cada una de las clases.
Segunda
unidad - El judío en el mundo pagano; el fenómeno
alejandrino
Hemos comenzado el curso explicando los motivos que justifican
el nombre de judeofobia para el odio antijudío, y enumeramos
las características que hacen del mismo un fenómeno
único y singular.
Luego
planteamos diversas opiniones acerca de cuándo nació
la judeofobia, y nos quedamos con dos alternativas plausibles:
que tuvo su germen, o bien en el helenismo, o bien en el cristianismo.
En
esta segunda lección retomaremos la primera de esas dos
tesis, que fue sostenida entre otros por el sacerdote norteamericano
Edward Flannery, cuyo libro Veintitrés siglos de antisemitismo
da la respuesta en el título mismo. Flannery rastreó
las primeras citas históricamente documentadas, que evidencian
un encono específico contra los judíos. Para entender
dicha hostilidad, es necesario que nos introduzcamos en la Alejandría
del siglo III a.e.c.
Una
Posible Cuna de la Judeofobia
Alejandría
fue fundada por quizá el máximo conquistador de
todos los tiempos, Alejandro Magno, quien, según historia
Josefo Flavio, tuvo una actitud favorable hacia los judíos.
Les permitió construir sus propios barrios en la ciudad,
en la que desarrollaron el comercio y prosperaron. Alejandría
se transformó en una segunda Atenas, capital comercial
e intelectual del mundo antiguo.
En
Eretz Israel, después de la muerte de Alejandro hubo
un período de inestabilidad que provocó deportaciones
y emigraciones de judíos, especialmente a Alejandría,
cuya poblacíon judía creció notablemente.
A
comienzos de la era común había allí cien
mil judíos, que ocupaban casi la mitad de la ciudad.
(La población judía mundial era de cuatro millones,
un millón de los cuales residía en Eretz Israel).
En
consecuencia, Egipto se transformó tanto en el corazón
de la Diáspora judía, como en lo más avanzado
de la helenización fuera de Grecia. Y no se sustrajo
a la norma del mundo pagano, que en general fue muy tolerante
en materia de diversidad religiosa. Después de todo,
si cada familia veneraba a sus muchos dioses, qué mal
podía haber en dioses adicionales que cada uno eligiera.
Esa
atmósfera tolerante, típicamente pagana, permitió
a los judíos practicar libremente su monoteísmo.
Tres ejemplos de destacadas personalidades que valoraban altamente
a los judíos fueron Clearco, Teofrastro y Megástenes,
a comienzos del siglo III a.e.c.
Los
dos primeros habían sido, como el mismo Alejandro, discípulos
de Aristóteles. Clearco de Soli se refiere en su diálogo
Del Sueño al encuentro entre su maestro y un judío,
y Teofrastro de Eresos llama a los judíos "raza
de filósofos", una descripción nada infrecuente
en aquella época.
Sin
embargo, aquel trío fue en cierto modo una excepción,
puesto que la mayor parte de los historiadores alejandrinos
fueron notorios por su judeofobia. Una razón para ello
puede ser que aunque los egipcios nativos gozaban de prosperidad
económica y cultural, no faltaba entre ellos el descontento
por la dominación foránea, primero griega y luego
romana. Ese resentimiento se tradujo en una xenofobia que terminó
por descargarse contra el pueblo hebreo.
Probablemente
a los egipcios los irritaba la tolerancia que el imperio había
otorgado a los judíos. Esto, más la envidia social
frente al florecimiento de esa colectividad, fue caldo de cultivo
para las primeras agresiones escritas. Siguen algunos ejemplos.
Hecateo
de Abdera fue el primer pagano que se explayó acerca
de la historia israelita, y en el siglo IV a.e.c. no excluyó
lo legendario de su narración: "debido a una plaga,
los egipcios los expulsaron... La mayoría huyó
a la Judea inhabitada, y su líder Moisés estableció
un culto diferente de todos los demás. Los judíos
adoptaron una vida misantrópica e inhospitalaria".
Debe
aclararse que el relato de Hecateo no ataca especialmente a
los judíos, a tal punto que cuatro siglos después
Filón de Biblos se preguntó si aquel historiador
no se habría convertido al judaísmo. Pero Hecateo
sí es responsable de inventar el primer mito sobre la
historia judía, el primero de una extensa y mortífera
mitología. Los judíos "habían sido
expulsados" y la vida que Moisés "les impuso
en recuerdo de su exilio, era hostil a todos los humanos".
Los
escritores alejandrinos posteriores (con algunas excepciones
como Timágenes y Apián) repetían siempre
que los judíos tenían ese origen humillante. El
primer egipcio en narrar la historia de su país en griego
fue el sacerdote Maneto, quien escribió en el siglo III
que "el rey Amenofis había decidido purgar el país
de leprosos... que fueron guiados por Osarsiph", a quien
Maneto identifica con Moisés. No menciona explícitamente
a los judíos, pero habla de "una nación de
conquistadores foráneos que prendieron fuego a ciudades
egipcias y destruyeron los templos de sus dioses... después
de su expulsión de Egipto, cruzaron el desierto en su
camino a Siria, y en el país de Judea construyeron una
ciudad que llamaron Jerusalem".
El
motivo del reiterado rechazo por lo judío que se daba
entre aquellos egipcios, es que posiblemente la narración
del Exodo ofendía su patriotismo. La religión
israelita había hecho del Exodo de Egipto su creencia
central, sinónimo de la aspiración judaica por
la libertad.
Por
ello, no es de extrañar cierto despecho de parte de los
egipcios, quienes comenzaron por transformar el Exodo en una
gesta nacional de expulsión de indeseables. Para ello,
hacía falta denigrar a los supuestos "expulsados",
rebuscar las causas posibles de aquella "expulsión".
Así, los temas del linaje leproso y la falta de sociabilidad
aparecen en las obras de Queremon, Lisímaco, Poseidonio,
Apolonio Molon y, especialmente, Apión. Eran egipcios
que escribían en griego.
Según
Lisímaco "los judíos, enfermos de lepra y
de escorbuto, se refugiaron en los templos, hasta que el rey
Bojeris ahogó a los leprosos y mandó los otros
cien mil a perecer en el desierto. Un tal Moisés los
guió y los instruyó para que no mostraran buena
voluntad hacia ninguna persona y destruyeran todos los templos
que encontraran. Llegaron a Judea y construyeron Hierosyla (ciudad
de los saqueadores de templos)".
Mnaseas
de Patros (s. II a.e.c.) aporta la novedad de que los judíos
"adoran una cabeza de asno" y su contemporáneo
Filostrato resume: "los judíos han estado en rebelión
en contra de la humanidad; han establecido su propia vida aparte
e irreconciliable; no pueden compartir con el resto de la raza
humana los placeres de la mesa, ni unírseles en sus libaciones
o plegarias o sacrificios; están separados de nosotros
por un golfo más grande del que nos separa de las Indias".
Por
su parte, Agatárquides de Cnido destacaba las "prácticas
ridículas de los judíos, el carácter absurdo
de su ley y, en particular, la observancia del Shabat"
que los mostraba como un pueblo de holgazanes. La mitificación
va creciendo como una bola de nieve, y en el siglo I a.e.c.
Apolonio Molon lanza contra los judíos una nueva escalada:
"son los peores de entre los bárbaros, carecen de
todo talento creativo, no hicieron nada por el bien de la humanidad,
no creen en ninguna divinidad... Moisés fue un impostor".
Pero
el mito más funesto de los inventados en la antigüedad
(por sus derivaciones ulteriores, según veremos en próximas
lecciones) fue el de Damócrito (s. I a.e.c.): "Cada
siete años toman un no-judío y lo asesinan en
el templo..." Dos historiadores de marras fueron Queremón,
quien relacionó el Exodo con las migraciones de los Hyksos,
y Apión, el máximo judeófobo antiguo.
Apión,
a quien Plinio el Antiguo y Tiberio llamaron "gran charlatán",
fue iniciador de las agitaciones antijudías bajo el gobernador
Flaccus (año 38) que provocaron que decenas de miles
de judíos fueran asesinados. El recopiló las ideas
de sus predecesores y agregó de su propia creatividad:
"Los principios del judaísmo obligan a odiar al
resto de la humanidad. Una vez por año toman un no-judío,
lo asesinan y prueban de sus entrañas, jurándose
durante la comida que odiarán a la nación de la
que provenía la víctima. En el Sancta Sanctorum
del Templo Sagrado de Jerusalén hay una cabeza de asno
dorado que los judíos idolatran. El Shabat se originó
porque una dolencia pélvica que los judíos contrajeron
al huir de Egipto los obligaba a descansar el septimo día".
Dos
grandes sabios de esa época enfrentaron a este judeófobo.
Flavio Josefo tituló una de sus obras Contra Apión,
y el filósofo Filón de Alejandría lideró
la delegación de judíos que se entrevistaron con
el emperador Calígula a fin de poner fin a la violencia
en la ciudad.
La
Judeofobia Romana
Cuando
la provincia Roma prevaleció sobre lo que había
sido el imperio helenista, los escritores romanos heredaron
de los griegos también la judeofobia. En Horacio (siglo
I a.e.c.) hay condena contra los judíos, pero muy moderada
(sus obras son despues de todo, sátiras).
El
satirista más famoso de Roma, Juvenal (50-127), culpa
a los extranjeros (si bien incluye griegos y sirios destaca
a los judíos) de haber provocado la decadencia de la
forma tradicional de vida romana. Desprecia especialmente a
los judíos porque adoran nubes, haraganean en sábado,
practican la circuncisión y son pobres.
Tácito
(55-120) repite que los judíos debilitan la moralidad
romana, y que los egipcios los expulsaron al desierto, en el
que Moisés les enseñó rituales para separarlos
de las otras naciones. Según Tácito, cuando los
israelitas llegaron a Judea comenzaron con el culto asnal porque
los asnos los habían guiado en su marcha por el desierto.
"Los judíos revelan un terco vínculo los
unos con los otros... que contrasta con su odio implacable por
el resto de la humanidad... siniestros y vergonzosos, han sobrevivido
sólo gracias a su perversidad... Creen profano todo lo
que para nosotros es sagrado, y permiten lo que nos es aborrecible...
consideran criminal matar a un bebé recién nacido".
Una
característica que cabe analizar aquí es la sobrepercepción
del judío, aspecto que ya comienza a verse en autores
de esa época. A comienzos de la era común, el
historiador y geógrafo Estrabón argüía
que "los judíos han llegado a todas las ciudades,
y es difícil hallar un lugar en la tierra habitable que
no haya admitido a esta tribu, y que no haya sido poseído
por ella".
La
sobrepercepción del judío es la norma, pero no
siempre viene acompañada de judeofobia. Un buen ejemplo
es una carta que Mark Twain (el famoso escritor norteamericano,
que de ningún modo fue judeófobo) envió
al editor de la Encyclopedia Britannica: "leí que
la población judía de los EE.UU. es de 250.000.
Yo tengo más amigos judíos que esa cifra, por
lo que supongo que se trata de un error tipográfico por
25.000.000".
Corresponde
aclarar que en todos los países en donde viven, los judíos
llegan a ser, como máximo, el 1% de la población
(las únicas dos excepciones son EE.UU., donde superan
el 2%, e Israel, donde constituyen casi el 90%). Pero casi en
todo país son percibidos como si fueran cinco o diez
veces más.
Esa
sobrepercepción resulta de por lo menos tres razones
para esa sobrepercepción: 1) los judíos son eminentemente
urbanos (el 90% de ellos está concentrado en las dos
ciudades principales de cada país en el que residen);
2) son muy activos en actividades centrales (economía,
artes, ciencia); y 3) su historia se transformó en la
historia sagrada de una buena parte de la humanidad, por lo
que la mayoría de la gente aprende acerca de los judíos
en algún momento de su educación, de modo que
los judíos están mentalmente presentes en la gente
antes de ser personalmente conocidos.
En
el siglo I a.e.c. Cicerón describe la "superstición
bárbara" de los judíos, y alerta acerca de
"cuán numerosos son, aislacionistas e influyentes
en las asambleas". La comunidad judía de Roma seguía
a la de Alejandría en cuanto a tamaño e importancia,
y también allí, los privilegios que algunos emperadores
les acordaron para que pudieran observar libremente su estilo
de vida, despertaron la envidia de sus vecinos. Esos privilegios
incluían la exención de adorar imágenes,
práctica que estaba muy entretejida en la vida cotidiana
de los romanos.
La
política romana nunca fue sistemáticamente judeofóbica
(sólo algunos emperadores lo fueron), y su ambivalencia
no se modificó ni siquiera durante la guerra contra Judea.
Pero los hombres de letras romanos sí tendieron a hacerse
eco de los prejuicios alejandrinos. Tíbulo, Ovidio, Quintiliano
y Marcial se sumaron a los ataques contra "la perniciosa
nación". Séneca los llamó "la
nación más malvada,cuyo despilfarro de un séptimo
de la vida va contra la utilidad de la misma".
Como
vimos, este capítulo de la judeofobia fue principalmente
literario, y justificaría la postura de aquellos que
ven en Alejandría la cuna del fenómeno.
La
pregunta es cómo podría ser de otro modo, de qué
manera alguien podría argumentar que la judeofobia nació
con el cristianismo (según la quinta de las hipótesis
planteadas) si hay tanta evidencia de odio antijudío
entre los griegos y romanos. A responder esa pregunta dedicaremos
la próxima lección.
Tercer
unidad - El nacimiento del cristianismo y su influencia en la
judeofobia
Vimos en nuestra segunda lección amplia evidencia de
la judeofobia pagana, y de cómo Alejandría podría
considerarse cuna de la judeofobia en general. Ello bastaría
para justificar una postura como la de Edward Flannery que atribuye
a la judeofobia veintitrés siglos de antigüedad.
Concluimos por preguntarnos si acaso es posible argumentar que
la judeofobia nació después, con el cristianismo,
salteando de este modo la etapa pagana.
La
respuesta es básicamente que a partir del cristianismo
la judeofobia se convirtió en norma. Nacía una
religión masiva basada en el judaísmo, en la que
el odio antijudío echó raíces, se profundizó,
y se ramificó monstruosamente, con derivaciones ideológicas
y aun teológicas. La judeofobia precristiana fue vulgar,
poco organizada, no sistemática. En contraste, señala
Marcel Simon, la judeofobia cristiana "persigue un objetivo
muy preciso: despertar el odio hacia los judíos".
Quede
claro desde el comienzo que señalar las raíces
cristianas de la judeofobia no implica la grosera generalización
de atribuir judeofobia a los cristianos en su conjunto. Sin
embargo, algunos datos básicos deben ser mencionados
para aclarar la idea, y a ellos dedicaremos esta tercera lección.
La
esencia del problema es que la iglesia naciente se presentó
como la consumación del judaísmo, su herencia
mas prístina, su legítima continuación.
El cristianismo emerge del judaísmo; sus líderes
fueron judíos, como sus primeros seguidores y su culto.
En principio ello podría haber sido motivo de confraternidad
y, en efecto, los primeros cristianos eran considerados miembros
de la grey judía, y no hubo antagonismo serio entre las
dos religiones mientras el Estado judío existía.
El
mensaje de los primeros tenía como destinatario la Casa
de Israel. Sin embargo, rápidamente quedó claro
que la vasta mayoría de los judíos no iba a convertirse,
sino que permanecería fiel a la ley bíblica, a
la visión intransigente de un Dios trascendente e incorpóreo,
y a la fe en la llegada de un Mesías que curaría
el mundo al final de los tiempos.
Una
vez que las incompatibilidades doctrinarias fueron obvias, la
armonía original entre las dos religiones quedó
condenada. El hecho de que los judíos rechazaran la nueva
noción mesiánica acerca del "hijo de Dios",
desconcertó a los cristianos, que basaban su fe en las
Escrituras judías y en sus creencias, y por lo tanto
esperaban persuadir precisamente a los hijos de Israel. Si el
cristianismo era el heredero de la tradición judía,
su realización más plena y su continuidad, tarde
o temprano se descubrirían defectos serios en quienes
persistían independientemente con la religión
"superada y heredada". La vitalidad del judaísmo,
de por sí cuestionaría la legitimidad de la herencia.
La
escisión entre las dos religiones fue proclamada por
un judío, discípulo de Jesús, Pablo o Saúl
de Tarso, el verdadero fundador del cristianismo. Pablo se pronunció
en contra de la observancia de la Ley que estipulaba el judaísmo,
y estableció que la verdadera salvación venía
exclusivamente de la fe en Jesús como Mesías.
Los judíos-cristianos, o sea la minoría que aceptó
ese dogma, siguieron practicando el judaísmo y fueron
vistos por la nueva fe que se expandía como un fenómeno
temporario (se ve en el Nuevo Testamento la Epístola
a los Gálatas 2:11-21). Ellos terminaron rompiendo con
Pablo cuando eventualmente repararon en que él no hacía
distingos entre judío y gentil, y en que llevaba el nuevo
mensaje al mundo pagano sin el marco tradicional de la ley hebrea.
Lo
que queda claro es que Pablo había heredado el amor de
Jesús por su pueblo. El Nuevo Testamento testimonia que
ninguno de los dos habría querido ver a los judíos
degradados o destruidos. Pero gradualmente, mientras el Nuevo
Testamento era compuesto, la actitud cristiana hacia los judíos
empeoraba. Por ello, las secciones más tempranas (las
de Pablo, alrededor del año 50) están exentas
de la judeofobia que se nota en las partes más tardías
(el Evangelio de Juan, alrededor del año 100). En el
año 140 se compila el canon más antiguo del Nuevo
Testamento, por Marción, quien llega a rechazar la Biblia
Hebrea en su conjunto.
El
debate acerca de cuán judeofóbico es el Nuevo
Testamento, excede los límites de este curso. Entre los
teólogos cristianos algunos (como Rosemary Ruether) arguyen
que es decididamente judeofóbico y algunos (como Gregory
Baum) que no lo es en absoluto.
Sin
duda, varios versículos del Nuevo Testamento describen
a los judíos de modo positivo, atribuyéndoles
la salvacíon (Juan 4:22) o la gracia divina (Romanos
11:28) y muchos otros pueden ser usados en el arsenal judeofóbico
(y lo fueron). En ese sentido, los dos versículos más
acres son aquél en el que los judíos supuestamente
insisten en que Jesús sea crucificado y declaran "Caiga
su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos" (Mateo
27:25) y aquél en el que Jesús los llama "hijos
del diablo" (Juan 8:44).
Estos
versículos y toda la gama de acusaciones con que se acusó
a los judíos mientras el cristianismo crecía y
se individualizaba, eran repetidos y agravados por gente que
tenía poco o ningún contacto con judíos.
Jerónimo, Antanasio, Ambrosio, Amulo, todos reiteran
como un eco los orígenes satánicos de los judíos,
o que el diablo los tienta, o que son sus socios o instrumentos.
De un modo trágico el cristiano afirmaba su propia identidad
por medio de descalificar al judío.
El
Relato de la Crucificción
La
fuente más reiterada que halló la judeofobia posterior
en el Nuevo Testamento fue el relato de la crucifixión,
aun cuando incluye evidentes errores históricos (que
no socavan, claro está, ni el carácter sagrado
del texto para los creyentes en él, ni la base teológica
del cristianismo; hablamos aquí meramente en términos
históricos).
Según
el Nuevo Testamento, durante la Pascua judía (Pésaj)
el Sanhedrín (que era el cuerpo supremo religioso y judicial
de Judea durante el período romano) sometió a
Jesús a juicio y lo condenó a muerte. El gobernador
romano Poncio Pilato intentó evitar la aplicación
de la pena, pero se sometió al veredicto "lavándose
las manos" literalmente y Jesús fue entonces crucificado
por soldados romanos.
La
vastísima bibliografía al respecto señala
varias imprecisiones en el relato, a saber:
1.El Sanhedrín nunca se reunía en las festividades
hebreas, y muy raramente aplicaba penas de muerte (a un Sanhedrín
que aplicara una pena de muerte cada siete años, el Talmud
lo llama "Sanhedrín devastador", a lo que el
rabí Eleazar Ben Azariá agregó: "...aun
cuando lo haga una vez cada setenta años"). Y en
el caso de Jesús el texto exhibe una inaudita ligereza
en la aplicación de la pena. 2.Más grave aun es
que ni siquiera se explicita la transgresión que justificara
pena de muerte. Había crímenes que la ley bíblica
penaba con muerte, pero no era el caso de proclamarse "hijo
de Dios", que no implicaba ningún tipo de transgresión.
Además, los romanos solían grabar en la cruz del
reo la índole de su delito. En la de Jesús, INRI
(Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos) alude al
crimen político de sedición: nadie podía
ser rey, porque el único monarca era el César.
Se trata de un crimen contra Roma, castigado con un modo de
ejecución romano. 3.El rol de Pilato es triplemente sospechoso.
¿Por qué el Sanhedrín -que tenía
autoridad para ejecutar las penas que imponía- solicitaría
ayuda del enemigo romano a fin de "castigar" a un
judío? ¿Por qué el Procurador habría
de salir en defensa de un judío, cuando él era
responsable de imponer el orden imperial en Judea, y en esa
función ya había hecho crucificar a miles? Y por
último, el conocido "lavado de manos" de Pilato
es un rito (netilat iadaim) que los judíos observan hasta
hoy antes de comer, al visitar cementerios, o como signo de
pureza. Extraño es, pues, que así exteriorice
su pureza un militar romano a cargo de la represión.
Por
todo ello, lo más probable es que quienes se "lavaran
las manos" fueran los miembros del Sanhedrín, en
pasivo temor ante la decisión del Procurador (en ese
momento la mayoría de los judíos no deseaba rebelarse
contra Roma; el partido rebelde prevaleció cuatro décadas
después). Y probablemente quien anunció la pena
de Jesús fue Pilato mismo.
El
motivo por el que los protagonistas del relato fueron intercambiados,
es quizá que los redactores del Nuevo Testamento tenían
en la mira la expansión del cristianismo, y para cumplir
con ese objeto en el Imperio, la incipiente religión
debía eximir de toda culpa al poderoso romano. Al mismo
tiempo, podía tranquilamente depositar la culpa en quien
no podría defenderse, el judío ya vencido.
Además,
al evangelizar el mundo pagano, los cristianos no podían
argüir que Jesús había sido el Mesías,
puesto que ello no significaba nada para quienes no creían
en la Biblia. El único argumento válido debía
ser que el cristianismo era la religión original, la
verdad universal para la humanidad. Para ello, el cristianismo
debía ser el exclusivo poseedor de la historia de Israel.
A
fines del siglo I, la Epístola de Barnabás sostiene
que los judíos en rigor habían entendido mal lo
que los cristianos llaman Antiguo Testamento, que nunca habría
sido una ley a ser cumplirda, sino una prefiguración
de la Iglesia.
A
comienzos del siglo II, Ignacio de Antioquía lo resume
así: "No fue la cristiandad quien creyó en
el judaísmo, sino los judíos quienes creyeron
en el cristianismo". Así nacía el fértil
tema de que la Iglesia era, y siempre había sido, el
verdadero Israel. El problema era que el pueblo al que la Iglesia
reclamaba haber reemplazado, continuaba coexistiendo y, más
importante aun, se adjudicaba las mismas fuentes de fe, y afirmaba
su anterioridad y su autoría del Antiguo Testamento.
Se
desarrolló una literatura antijudía, según
la cual la Iglesia precedía al Viejo Israel, remontándose
hasta la fe de Abraham e incluso a Adán. La Iglesia era
así "el eterno Israel" cuyos orígenes
coincidían con los de la misma humanidad. La ley mosaica
era ergo sólo para los judíos, quienes con ese
peso habían sido castigados por su inmerecimiento y su
culto al becerro de oro. La legislación mosaica se transformaba
en un yugo impuesto al Viejo Israel por sus pecados. Los judíos
no sólo eran privados de su rol providencial de pueblo
elegido, sino que además pasaban a ser una nación
apóstata.
En
los primeros siglos, el tratado cristiano más completo
en contra de los judíos fue el Diálogo con Trifón
de Justino, que explica cómo las desgracias que sufren
los judíos son castigo divino. Y en ese marco, el peor
de los mitos es el del "deicidio", el asesinato de
Dios, explicitado por primera vez por Melito, obispo de Sardis,
alrededor del año 150: "Dios ha sido asesinado,
el Rey de Israel fue muerto por una mano israelita". Como
consecuencia, "Israel yace muerto", y el cristianismo
conquista toda la Tierra. Esta acusación, que fue repetida
por décadas y siglos, nunca fue la doctrina oficial de
la Iglesia. Pero se arraigó de tal modo en los sermones
cristianos que la Iglesia debió oficialmente rechazarla
durante el Concilio Vaticano II de 1965.
La
Demonización del Judío
Este
género de literatura judeofóbica se desarrolló
mientras la judería estaba humillada, débil y
vencida, cuando no constituía ningún desafío
para el cristianismo. En las derrotas de los judíos,
en la disolución de Judea, y en las calamidades que subsecuentemente
azotaron a los israelitas, los cristianos encontraron una confirmación
práctica de aquella teología, una confirmación
definitiva de su creencia en que Dios estaba disgustado con
los judíos y no deseaba su continuidad. Les parecía
obvio e indudable que el judaísmo sería irreversiblemente
absorbido en la nueva religión.
Sin
embargo, después de los desastres de los años
70 y 135 (derrotas demoledoras a manos de los romanos) los judíos
fueron lentamente recuperando vitalidad e influencia, y la reacción
cristiana fue un nuevo embate literario.
Entre
esos dos años el cristianismo se transformó en
un movimiento definitivamente gentil, que ya no se focalizaba
en los judíos. De acuerdo con Orígenes (s.III,
Alejandría), que fue el primer erudito cristiano que
estudió hebreo, los cristianos habían cumplido
con la Ley aun más que los judíos, puesto que
éstos la habían interpretado de un modo fantasioso
y creado prácticas vanas; su rechazo de Jesús
había resultado en calamidad y exilio: "Podemos
afirmar con confianza que nunca serán restaurados a su
previa condición, porque cometieron el más impío
de los crímenes al conspirar contra el Salvador de la
raza humana".
Las
muchas polémicas antijudías en latín que
comienzan con la de Tertuliano en el 200 conforman el género
del Adversus Judaeous. La imagen del judío se deteriora
más, y llega a su nadir en el siglo IV. Mientras a fines
del siglo III se lo veía como un infiel, y un competidor,
al concluir el siglo IV se lo creía el deicida, una figura
satánica a quien Dios maldecía y por ende el Estado
debía discriminar. El mismo término judío
ya era un insulto.
El
motivo del empeoramiento fue la difusión de la teología
que explicaba las miserias de los judíos como un castigo
divino por la crucifixión de Jesús. Cuando el
cristianismo se convirtió en la religión dominante
en el imperio (323) la judeofobia ya tenía bases muy
sólidas. Había sido el producto tanto de la mentada
necesidad teológica, como de la autodefensa frente al
peligro de una regresión al judaísmo. Era una
propaganda inevitable que necesitaba asumir que el judaísmo
había muerto, aun cuando éste se negara a morir.
La
Iglesia no reconocía en el judaísmo una religión
distinta, sino una distorsión de la única religión
verdadera, una perfidia, una rebelión obcecada contra
Dios. Así lo escribieron los Padres de la Iglesia.
En
el año 338 una horda en Callinicus, Mesopotamia, fue
incitada por el obispo local a incendiar la sinagoga. Cuando
el emperador Teodosio ordenó reconstruirla y castigar
a los incendiarios, la Iglesia se le opuso. Ambrosio, el arzobispo
de Milán, le pregunta en una carta a quién le
importaba el incendio, si la sinagoga "es una choza miserable,
un antro de insania y descreimiento que Dios mismo ha condenado".
Sólo por negligencia, agrega Ambrosio, no ha hecho él
mismo destruir la sinagoga de Milán. El poder imperial
debe ser puesto al servicio de la fe. Amenazado en la catedral
con la privación de los sacramentos, Teodosio termina
por ceder. Más sinagogas fueron destruidas en Italia,
Noráfrica, España, e incluso la Tierra de Israel,
en la que un grupo de monjes liderados por Barsauma masacraron
a muchos judíos.
En
el marco de la literatura Adversus Judaeos de esa época,
quien expresa la judeofobia más virulenta es Juan Crisóstomo
(m. 407), para el que no había diferencia entre el amor
por Jesús y el odio por sus supuestos condenadores. Advirtió
a los cristianos de Antioquía que confraternizaban con
"los judíos, quienes sacrifican a sus hijos e hijas
a los demonios, ultrajan la naturaleza, y trastornan las leyes
de parentesco... son los más miserables de entre los
hombres... lascivos, rapaces, codiciosos, pérfidos bandidos,
asesinos empedernidos, destructores poseídos por el diablo.
Sólo saben satisfacer sus fauces, emborracharse, matarse
y mutilarse unos a otros... han superado la ferocidad de las
bestias salvajes, ya que asesinan a su propia descendencia para
rendir culto a los demonios vengativos que tratan de destruir
a la cristiandad" (en el segundo sermón de los ocho,
Crisóstomo se corrige: no es necesariamente cierto que
los judíos devoraran a sus propios hijos, pero igualmente
"mataron a Cristo, que es peor").
El
problema fundamental, con todo, no son las meras referencias
de Crisóstomo y otros voceros, sino el hecho de que tanto
él como los otros judeófobos de la Patrística
fueron por siglos (y aún son) venerados como santos.
Por
la misma época, Agustín (354-430) contribuyó
al arsenal judeofóbico con la tesis del pueblo-testigo.
Este obispo de Hippo en Noráfrica nunca tuvo contactos
con judíos, pero explicó que los judíos
subsistían a fin de probar la verdad del cristianismo.
Al igual que Caín, llevan los judíos una marca.
Y aunque no sólo están equivocados, sino que encarnan
la maldad, "no deben empero ser asesinados".
Esta
visión de los judíos permanece inalterada por
siglos. Tomás de Aquino la sintetiza en 1270 cuando sostiene
que "los judíos, como consecuencia de su pecado,
fueron destinados a esclavitud perpetua; por ende los Estados
soberanos pueden tratar sus bienes como su propia propiedad,
con la sola provisión de que no los priven de todo lo
que es necesario para mantener la vida". Y Angelo di Chivasso
a fines de la Edad Media: "ser judío es un crimen,
no punible empero por un cristiano".
El
abismo teológico había crecido y ahondado. Como
lo señala el teólogo anglicano James Parkes "la
Iglesia no clamaba para sí la Biblia Hebrea en su totalidad.
Sólo se asignaron los héroes y los caracteres
virtuosos de las Escrituras, las promesas y los elogios. Descargaron
en los judíos los villanos e idólatras, las amenazas
y las acusaciones. Y ésta era, supuestamente, la descripción
del pueblo judío hecha por Dios. Así lo predicaron
asiduamente en todas sus obras, y desde todos los púlpitos
de la cristiandad, domingo tras domingo, siglo tras siglo, siempre
que se trataba de los judíos".
De
este modo, sostener que la judeofobia nació con el cristianismo
no implica saltear la hostilidad de los helenistas egipcios.
Significa poner las proporciones adecuadas. La judeofobia cristiana
fue incomparablemente más fuerte que sus predecesoras;
fue más sistemática, con una misión de
odiar al judío que era entendida como la voluntad de
divina.
Un
noble húngaro, Joseph Eötvösz, por la década
de 1921 solía decir que "antisemita es quien odia
a los judíos... más de lo necesario". Esa
definición socarrona no era cierta en el mundo pagano,
que en general fue tolerante para con los judíos, aun
cuando no faltaron en él los judeófobos. Pero
una vez que el cristianismo prevaleció, la judeofobia
fue la norma, una plataforma teológica con sus propias
leyes, desprecios, calumnias, animosidad, segregación,
bautismos forzados, apropiación de niños, juicios
fraguados, pogroms, exilios, persecución sistemática,
rapiña y degradación social.
Sobre
la base de todo ello, Jules Isaac audazmente tituló a
su libro de 1956 Las Raíces Cristianas del Antisemitismo.
Estudiaremos esas raíces y sus ramificaciones, a partir
de la próxima lección.
Cuarta unidad - El medioevo temprano y el martirio judío
Concluimos nuestra última lección con el libro
de Jules Isaac, quien supervisaba la enseñanza de historia
en el Ministerio de Educación de Francia. Cuando en 1943
deportaron y asesinaron a toda su familia, Isaac decidió
dedicar el resto de su vida al estudio de la judeofobia. En
particular, se propuso refutar tres enseñanzas de la
historiografía patrística, a saber:
1.que
los judíos son deicidas, 2.que su dispersión fue
un castigo divino por el rechazo de Jesús como el Mesías,
que su religión estaba corrupta en esa época.
La
actitud católica medieval de desprecio a los judíos
no excluyó tampoco al principal filósofo medieval
cristiano, Tomás de Aquino, citado en nuestra última
lección, y quien en 1270 escribía: "Como
consecuencia de su pecado, los judíos están destinados
a servidumbre perpetua. Los soberanos de los Estados pueden
tratar las posesiones de los judíos como si fueran propias,
con la única provisión de no privarlos de lo necesario
para mantenerse vivos". Esta recomendación fue gradualmente
aceptada por los gobiernos seculares. Bajo influencia de la
visión de la Iglesia y sus disposiciones, los judíos
fueron sometidos a restricciones, impuestos especiales, y la
obligación de usar distintivos en las ropas, entre otras
limitaciones.
Si
la enseñanza del deprecio se hubiera limitado a la teología,
habría causado a los judíos humillación
y pesares, pero no habría llegado a ser, como lo fue,
motivo de atroces sufrimientos. En la conciencia del cristiano
fue penetrando la convicción de que cuando se quería
descargar un golpe al diablo, podía hacerse por medio
de golpear al judío.
Antes
de estudiar cómo la teología de los Padres de
la Iglesia se tradujo en acción, veamos cómo se
expresó en la ley. El Código de Teodosio II del
año 438 fue la primera colección oficial de estatutos
imperiales que sancionaban la inferioridad civil del judío,
definido como "enemigo de las leyes romanas y de la suprema
majestad" y fue la base sobre la que se regularon los asuntos
judíos de ahí en adelante. Así, de las
bulas medievales (una bula es un edicto del Papa; bullum es
sello en latín) muchas fueron abiertamente judeofóbicas.
Vayan algunos ejemplos:
Etsi
non displiceat (1205, Inocencio III) requiere del rey terminar
con las "maldades" de los judíos; In generali
concilio (1218, Honorio III) exige que los judíos usen
ropa especial; Si vera sunt (1239) resultó en la frecuente
quema de libros sagrados judíos; Vineam Soreth (1278,
Nicolás III) establecía la selección de
hombres capacitados para predicar el cristianismo a los judíos;
Sancta mater ecclesia (1584, Gregorio XIII) exigía a
los judíos de Roma enviar cada sábado cien hombres
y cincuenta mujeres para escuchar sermones conversionistas en
la iglesia; Cum nimis absurdum (1555, Pablo IV) limitaba las
actividades de los judíos y prohibía su contacto
con los cristianos; Hebraeorum gens (1569, Pío) acusaba
a los judíos de magia y otros males, y ordenaba su expulsión
de casi todos los territorios papales; Vices eius nos (1577,
Gregorio XIII) demandaba que los judíos de Roma y otros
estados papales que enviaran enviar delegaciones a la iglesia.
No
siempre esta legislación orientó a reyes y gobernantes.
En el año 830, el obispo Agobardo de Lyons, llamado "el
hombre más culto de su tiempo", se alarmó
por las relaciones amistosas que privaban entre su grey y los
judíos de la ciudad, que propseraban y lograban que su
religión fuera respetada. Agobardo levantó cargos
contra los judíos ante el rey Luis el Piadoso, requiriendo
un retorno al Código Teodosiano. Su iniciativa no fue
bien recibida: el rey, fiel a la línea que había
establecido su padre Carlomagno, permaneció bien predispuesto
hacia los judíos. Años después, tampoco
el rey Carlos el Calvo aceptó ratificar las normas judeofóbicas
del Concilio Eclesiástico de Meaux (845) como le demandaba
el obispo Amulo, sucesor y discípulo de Agobardo.
Aquellos
reyes fueron los últimos representantes de la era carolingia,
durante la que los judíos gozaron de igualdad de derechos.
En contraste, por el año 950 el emperador bizantino Constantino
VII promulgó un juramento especial, el Juramentum Judaeorum,
que los judíos estaban obligados a tomar en los pleitos
con no-judíos. Así fue hasta por lo menos el siglo
XVIII. Tanto el texto y el ritual del juramento, expresaban
una automaldición impuesta, como podemos ver por ejemplo
en el Schwabenspiegel alemán de 1275: "Sobre los
bienes por los que este hombre te lleva a juicio... ayudame
Dios que has creado cielos y tierra... para que si comes seas
impuro... y la tierra te trague... sea verdad lo que has jurado...
y que siempre permanezcan sobre ti la sangre y la maldición
que tu prosapia ha traído sobre sí misma cuando
al torturar a Jesucristo dijeron 'Sea su sangre sobre nosotros
y nuestros hijos': es verdad... Te ayuden Dios y tu juramento.
Amén".
Juramentos,
distintivos y restricciones fueron una pequeña parte
del repertorio judeofóbico medieval. Una síntesis
completa del martirio judío sería muy compleja,
porque abarca diferentes geografías y cronologías.
Pero plantearemos a continuación siete prácticas
que eran comunes en Europa, a saber: el bautismo forzado, los
sermones impuestos, las disputas públicas, la quema de
libros judíos, los ghettos, las expulsiones y los genocidios.
Imposición
de Bautismos y Sermones
Cuando
el cristianismo se transformó en la religión dominante
en el Imperio Romano (s.IV), multitudes de judíos fueron
obligados a bautizarse. El primer relato detallado se remonta
al año 418 en la isla de Minorca. Una ola de conversiones
forzadas se expandió por Europa desde que en 614 el Emperador
Heraclio prohibió la práctica del judaísmo
en el Imperio Bizantino. Muchos lo siguieron, como Basilio I
que lanzó una campaña en el 873. Durante las Cruzadas
miles de judíos fueron bautizados por la fuerza, especialmente
en la región del Rhineland. En todos los casos las masas
tomaba la ley en sus manos y se imponían a creyentes
que se habían preparado para el martirio.
Con
todo, la posición oficial de la Iglesia tendió
a seguir al Papa Gregorio I (540-604, Padre de la Iglesia medieval)
en el sentido de el bautismo no podía ser suministrado
por la fuerza. El problema era la definición de forzoso.
¿Acaso incluía el bautismo bajo amenaza de muerte?
¿Y cuán forzoso era el bautismo bajo el temor
de castigos a largo plazo? ¿Y el de niños?
Por
ejemplo, el obispo de Clermont-Ferrand, después de que
una horda destruyó la sinagoga de la ciudad, recomendó
a los judíos el 14 de mayo del 576: "Si estáis
dispuestos a creer como yo, convertiros en uno de nuestra feligresía
y seré vuestro pastor; pero si no estáis dispuestos,
partid de este lugar". Alrededor de quinientos judíos
de Clermont se convirtieron, y hubo celebraciones en la cristiandad.
Los otros judíos partieron a Marsella. ¿Podía
definirse aquella conversión como forzada? O si no, en
el 938 el papa le indicó al arzobispo de Mainz que expulsara
a los judíos de su diócesis si se negaban a convertirse
voluntariamente (insistió en que no se aplicara "la
fuerza").
Dijimos
que el otro dilema fueron los casos de niños. ¿A
qué edad podía el bautismo considerarse "voluntario"
y no un gesto comprado por bagatelas? El mentado Agobardo en
el 820 reunió a todos los niños judíos
y bautizó a los que no habían sido alejados a
tiempo por sus padres, si le parecían dispuestos a aceptar
el cristianismo.
Una
de las cláusulas de la Constitutio pro Judaeis, promulgada
por papas sucesivos entre los siglos XII y XV, declaraba categóricamente
que ningún cristiano debía usar la violencia para
forzar judíos al bautismo. Lo que no decía era
qué debía hacerse en los casos en que la conversión
ya había sido impuesta: si era válida de todos
modos o si el judío podía retornar a su fe.
La
respuesta es que la condena eclesiástica al bautismo
forzado no se modificó, pero su actitud respecto de problemas
post-facto se endureció con el transcurrir de los siglos.
En una carta de 1201, el Papa Inocencio III estableció
que un judío que se sometía al bautismo bajo amenazas,
de todos modos había expresado una voluntad de aceptar
el sacramento, y por ello no le era permitido renunciar a él
posteriormente.
Para
el cristianismo medieval, el retorno a la vieja fe era una herejía
punible con la muerte. Incluso en el año 1747 el Papa
XIV decidió que una vez bautizado un niño, aun
ilegalmente, debía ser considerado cristiano y educado
en consecuencia.
Así
ocurrió con las olas de bautismos forzados más
tardías, en el reino de Nápoles durante las últimas
décadas del siglo XIII, y en España en 1391, que
comenzó con los desmanes que liderara el archidiácono
Ferrant Martinez. Cientos de judíos fueron masacrados
y comunidades enteras convertidas por la fuerza, y su trágica
secuela fue el fenómeno de los marranos (una voz peyorativa
para denominar a los Nuevos Cristianos y sus descendientes).
Esta gente continuó practicando el judaísmo parcial
y clandestinamente, hasta después del siglo XVIII.
En
Portugal, miles de judíos se asentaron después
de su expulsión de la vecina España en 1492. El
rey Manuel decidió que para purgar su reino de la herejía,
no era necesario expulsar a sus súbditos judíos,
quienes constituían un valuable patrimonio económico.
En vez de ello, se embarcó en una campaña sistemática
de conversiones forzadas inicialmente dirigidas contra los niños,
quienes eran arrancados de los brazos de sus padres en la esperanza
de que los adultos los siguieran en la cristianización.
La
furia de las conversiones en Portugal explica tanto el hecho
de que para 1497 no había un sólo judío
abiertamente practicante en el país, y también
por qué el fenómeno del marranismo fue más
tenaz allí hasta el día de hoy.
Un
nuevo capítulo en la historia del bautismo forzado comenzó
en 1543 con el establecimiento de la Casa de los Catecúmenes
(candidatos a la conversión) primero en Roma y luego
en muchas otras ciudades. Una década después el
papa impuso un impuesto a las sinagogas a fin de costear a los
Catecúmenes (ese pago se abolió sólo en
1810).
El
converso potencial era adoctrinado por cuarenta días,
al cabo de los cuales decidía si convertirse o regresar
al ghetto. Toda persona que por cualquier excusa era considerada
con inclinaciones al cristianismo, podía ser internada
en la Casa de los Catecúmenes para explorar sus intenciones.
Para
agravar las cosas, corría una superstición popular
según la cual quien lograba la conversión de un
infiel se aseguraba así el paraíso. Un tropel
de ese tipo de procedimientos se esparció a lo largo
y ancho del mundo católico. A mediados del siglo XVIII
los jesuitas desempeñaron un rol protagónico en
la práctica.
Varios
casos fueron notorios. En 1762 una horda se avalanzó
sobre el hijo del rabino de Carpentras, y lo bautizó
en una zanja, por lo que el joven debió abandonar a su
familia. En 1783 fueron secuestrados los niños Terracina
para ser bautizados, y se generó una revuelta en el ghetto
de Roma. En 1858, la policía papal secuestró de
su hogar en el ghetto de Bolonia a Edgardo Mortara, de seis
años, quien había sido secretamente bautizado
por una doméstica que lo creyó mortalmente enfermo.
Los
Mortara trataron en vano de recuperar a su hijo. Napoleón
III, Cavour y Francisco José estuvieron entre los que
protestaron el secuestro, y Moisés Montefiore viajó
al Vaticano en un esfuerzo estéril por convencer al papa
de que ordenara la liberación del niño. La fundación
de la Alliance Israélite Universelle en 1860 "para
defender los derechos civiles de los judíos" fue
en parte una reacción a este caso.
El
papa rechazó los pedidos de clemencia y, sólo
en 1870, cuando cesó el poder de la policía papal,
el niño salió en libertad. Ya no era Edgardo:
el joven había decidido adoptar el nombre papal Pío,
era un novicio de la orden de los agustinos y un ardiente conversionista
en seis idiomas. Su trágico fin fue que falleció
en Bélgica en 1940, un par de semanas antes de la invasión
alemana que le habría impuesto un retorno a su identidad
judia.
Durante
el segundo cuarto del siglo pasado, el imperio ruso instituyó
el sistema de los cantonistas, sobre los que hablaremos en otra
lección, y que involucraba el virtual secuestro de niños
judíos a fin de hacerlos servir militarmente durante
varias décadas, con la explícita intención
de que abandonaran el judaísmo.
En
cuanto a la imposición de sermones a los judíos,
también fue pionero el mentado Agobardo. En su Epistola
de baptizandis Hebraeis (año 820) señala que bajo
sus órdenes la clerecía de Lyons iba todos los
sábados a predicar en las sinagogas, con asistencia obligatoria
de los judíos. El sistema se regularizó con la
fundación de la Orden Dominica (1216). Una ley de Jaime
I de Aragón (1242) que recibió aprobación
papal, se refiere a la obligatoriedad de la asistencia. El mismo
rey dio la arenga en la sinagoga. En 1279 el rey Eduardo I impuso
la práctica en Inglaterra. El siglo XV encontró,
entre los predicadores más destacados, a Vicente Ferrer
en España y Fra Matteo di Girgenti en Sicilia. La práctica
se exacerbó a partir de la Contrarreforma, que vino acompañada
por una reacción judeófoba.
En
Roma, cien judíos y cincuenta judías debían
asistir a una iglesia designada para recibir sermones, generalmente
de apóstatas que debían ser pagados por la misma
comunidad judía. La supervisión de bedeles con
varas, aseguraba que nadie se distrajera. Michel de Montaigne
registra que en Roma en el 1581 escuchó un sermón
de Andrea del Monte, cuyo lenguaje fue tan brutal que los judíos
pidieron protección a la curia papal. En 1630 los jesuitas
iniciaron los sermones en Praga, y el emperador Ferdinando II
los instituyó en en el auditorio de la universidad de
Viena, adonde debían asistir doscientos judíos,
una parte fija de los cuales debían ser adolescentes.
La
imposición de sermones se prolongó por un milenio.
Los derogaron la Revolución Francesa, y las tropas napoleónicas
que fueron difundiendo las ideas revolucionarias por Europa.
Después de la caída de Napoleón, se restablecieron
en Italia al regresar el gobierno papal, pero Pío IX
finalmente los abolió en 1846. Para esa época
el poeta Robert Browning trató de reflejar el sentir
judío durante los sermones:
"...cuando
entró con alaridos el verdugo en nuestra cerca,
nos aguijoneó como perros hacia el redil de esta iglesia.
Su mano, que había destripado mi talega
ahora desborda para ahogar mis creencias.
Pecan en mí hombres raros que a su Dios me llevan".
Disputas
y Quemas de Libros
La
proscripción de la literatura judía comenzó
en el siglo XIII, como un derivado de la decisión de
1199, por la que el Papa Inocencio III advirtió a los
legos que las Escrituras debían quedar bajo interpretación
exclusiva del clero.
En
el 1236, el apóstata Nicolás Donin envió
desde París un memorandum al Papa Gregorio IX, en el
que formulaba treinta y cinco cargos contra el Talmud (que era
blasfemo, antieclesiástico, etc). El papa terminó
por enviar un resumen de las acusaciones a los eclesiásticos
franceses, ordenando que se aprovechara la ausencia de los judíos
de sus casas mientras rezaban en las sinagogas, y se confiscara
sus libros (3/3/1240). Además se instruía a las
Ordenes Dominica y Franciscana en París que "hicieran
quemar en la hoguera los libros en los que se encuentraran errores"
de corte doctrinario. Indicaciones similares se enviaron a los
reyes de Francia, Inglaterra, España y Portugal.
Recordemos
que el Talmud no empezó a traducirse hasta el siglo pasado,
y que su idioma original, el arameo, era conocido sólo
por los judíos o los estudiosos del tema. Por ello cuando
el hebraísta cristiano Andrea Masio repudió las
censuras y quemas de libros judíos, adujo que una condena
cardenalicia sobre esos libros era tan válida como la
opinión de un ciego sobre diversos colores.
Como
consecuencia de la circular de Gregorio IX, también se
llevó a cabo la primera disputa religiosa pública
entre judíos y cristianos, en París, entre el
25 y el 27 junio del 1240. El Rabí Iejiel que debió
defender públicamente al Talmud, no logró evitar
que un comité inquisitorial lo condenara. En junio de
1242, miles de volúmenes fueron quemados públicamente.
La
práctica fue convirtiéndose en norma, y muchos
papas posteriores promovieron la quema del Talmud. Otra disputa
famosa se efectuó en Barcelona en el 1263, después
de la cual Jaime I de Aragón ordenó a los judíos
borrar del Talmud referencias supuestamente anticristianas,
so pena de quemar sus libros. También la disputa de Tortosa
(1413) concluyó restringidendo los estudios de los judíos
de Aragón.
Un
nuevo ímpetu se dio a las prohibiciones de libros judíos
en 1431 cuando en el Concilio de Basilea, la bula del papa Eugenio
IV directamente prohibió a los judíos el estudio
del Talmud.
Los
ataques contra el Talmud se extremaron durante el período
de la Contrarreforma en Italia, a mediados del siglo XVI. En
agosto de 1553 el papa designó al Talmud "blasfemia"
y lo condenó a la hoguera junto con otras fuentes de
sabiduría rabínica. El día de Rosh Hashaná
de ese año (5 de septiembre) se construyó una
una pira gigantesca en Campo de Fiori en Roma, los libros judíos
se secuestraron de las casas mientras los judíos rezaban
en las sinagogas, y se quemaron públicamente miles de
ejemplares.
Por
orden inquisitorial, el procedimiento se repitió en los
Estados papales, en Bolonia, Ravena, Ferrara, Mantua, Urbino,
Florencia, Venecia y Cremona.
Unos
años después Pío IV levantó la prohibición
del Talmud (1564) pero la frecuente confiscación de libros
judíos continuó hasta el siglo XVIII. El Talmud
fue probablemente el libro más vilipendiado de la historia
humana. A fin de escribir su tratado de dos mil páginas
Endecktes Judemthum (El judaísmo desenmascarado) de 1699,
Johannes Eisenmenger pasó veinte años estudiando
en una ieshivá (academia de estudios talmúdicos),
tan profundo era su odio por un libro que mantenía al
judaísmo viviente.
Durante
los dos últimos siglos, "expertos" de diversa
índole fabricaron una vasta literatura que "revelaba
las blasfemias" del Talmud (una literatura inútil
hoy en día, cuando el Talmud está al alcance de
todos por medio de las muchas traducciones a los principales
idiomas).
El
último auto-de-fe contra el Talmud fue en 1757 en Kamenets
(Polonia) donde el obispo Nicolás Dembowski ordenó
la quema de mil copias del Talmud.
Otra
práctica judeofóbica medieval fue el establecimiento
de barrios para judíos, rodeados de muros que permanecían
sellados de noche y podían traspasarse sólo con
permisos oficiales. El término ghetto con que se los
designaba, pudo surgir del barrio en Venecia, que estaba cerca
de una fundición (getto en italiano) y que en 1516 se
transformó en residencia obligada de los judíos.
O podría derivar del arameo guet, término relativo
a separación.
Aunque
en muchos casos nacía voluntariamente (por necesidades
de cementerio, premisas para mikve o baño ritual, etc.)
fueron mayormente resultado de la tendencia eclesiástica
que desde el siglo IV aislaba y humillaba a los judíos.
La disposición oficial, con todo, se promulgó
sólo en el Tercer Concilio Laterano (1179) que prohibió
a cristianos y judíos residir juntos. Ghettos famosos
hasta la Reforma fueron el de Londres (1276), Bolonia (1417)
y Turín (1425).
Como
en el caso de las otras prácticas ya mencionadas, los
ghettos se difundieron más cuando la Iglesia reaccionó
contra la Reforma, una reacción que en general agravó
la situación de los judíos en las regiones que
permanecieron católicas. Desde la segunda mitad del siglo
XVI ghettos fueron introducidos, primero en Italia y luego en
el imperio austríaco. En Venecia se creó como
una institución estable (1516) y en Roma, los judíos
fueron obligados a trasladarse y se les amuralló (fue
el 26/7/1555 que coincidió con la trágica conmemoración
del 9 del mes de Av).
En
los países musulmanes, comenzó enteramente voluntario,
y así permaneció bajo el imperio otomano. Allí,
cuando en los siglos XIX-XX se levantó la obligación
de residir en el ghetto, la mayoría optó por permanecer
en ellos.
En
1796 las tropas republicanas francesas demolieron todas las
murallas de los ghettos en Italia. Con la caída de Napoleón
(1815) hubo un fallido intento de restablecerlos. Los portones
del de Roma fueron finalmente destruidos en 1848, y no volvió
a construirse ghettos hasta el ascenso del nazismo en Europa.
El
ghetto fue central en el devenir de la judeofobia, puesto que
fortalecía el estereotipo del judío demoníaco.
Una figura que, aun si accedía a contactos con los cristianos
durante el día, regresaba a la noche a su antro amurallado
y a sus prácticas despreciadas.
Y
además, como a los ghettos no se les permitía
expandirse, eran en general insalubres y superpoblados. Se suponía
que la degradación y humillación del judío
llevaría ulteriormente a su cristianización. Por
ello, el publicista católico G.B.Roberti exclamó
ante un ghetto del siglo XVIII que "era una mejor prueba
de la religión de Jesucristo, que una escuela entera
de teólogos".
Las
dos últimas prácticas que anunciamos fueron las
más brutales: expulsiones y genocidios, que serán
analizadas en la próxima lección.
Quinta
unidad - La Judeofobia medieval
Vimos cómo a partir del cristianismo fue gestándose
una judeofobia novedosa, más grave, que alcanzó
su acérrimo punto durante el siglo IV, llamado por Flannery
"el más funesto". La teología de odio
hacia los judíos se expresó en bulas papales,
y en la persecución a los judíos por medio de
sermones y bautismos por la fuerza, quemas y prohibiciones de
libros, disputas y ghettos.
En
esta lección añadiremos dos prácticas:
las expulsiones sistemáticas de judíos, que también
fueron la política a partir del mentado siglo IV, y las
matanzas en gran escala, que comenzaron en el siglo XI.
Hubo
precedentes de expulsiones en Roma (tres veces: en el 139 a.e.c.,
en el 19 e.c. por Tiberio y en el 50 e.c. por Claudio); y en
Jerusalem, a la que los judíos tuvieron prohibida la
entrada entre el 135 y el 638. Pero las expulsiones posteriores
incluyeron la remoción de judíos de países
enteros y por períodos extensos (por ejemplo, para fines
del siglo XIII, ya habían sido expulsados de Inglaterra,
Francia y Alemania).
Debido
a las persecuciones, y a las restricciones a sus ocupaciones,
cuando un judío llegaba a enriquecerse, optaba por invertir
sus bienes en contante y sonante, y no en bienes inmuebles.
Por ello, frecuentemente era utilizado por los reyes como prestamista
oficial del cual obtener recursos al contado, con la ventaja
adicional de que dichas operaciones no estarían sometidas
a las limitaciones eclesiásticas en materia de préstamo
a interés.
Asimismo,
el rey unificaba las actividades financieras por medio de colocar
al judío como colector de los impuestos que cobraba a
los campesinos. Así, a los ojos de éstos el judío
agravaba su imagen por medio de la odiosa tarea, que era su
modo de garantizar su incierta existencia.
La
realeza protegía a "sus judíos" mientras
le resultaban útiles, y hasta tanto no estallara el clamor
de los deudores empobrecidos. Cuando el resentimiento de las
masas hervía debido a los altos impuestos, el rey transformaba
a los judíos en chivos expiatorios, se unía a
la furia popular, y echaba mano a la mitología judeofóbica.
Se atribuía visos de "buen cristiano" aun cuando
sus móviles hubieran sido meramente económicos.
Y al rey se asociaban comerciantes y artesanos cristianos que
repentinamente se veían libres de la competencia de los
judíos. Así ocurrió casi en cada país
europeo.
En
Inglaterra, durante la guerra civil de 1262, los judíos
fueron atacados en muchas localidades; sólo en Londres
mil quinientos fueron asesinados. En el 1279 todos los judíos
de la ciudad fueron arrestados bajo cargo de que adulteraban
la moneda del reino. Después de un juicio en Londres,
doscientos ochenta fueron ejecutados y el rey Eduardo I ordenó
la expulsión de todos los demás, apropiándose
de todas sus posesiones. El plazo para abandonar el reino fue
el Día de Todos los Santos del año 1290.
En
octubre, dieciséis mil judíos partieron a Francia
y Bélgica; muchos de ellos perecieron apenas cruzado
el río Thames en el que un capitán los hacía
ahogarse. La readmisión de los judíos a Inglaterra
se produjo sólo en 1650.
Francia
los expulsó de la mayor parte de su territorio en 1306
(y los que eventualmente regresaron, volvieron a ser expulsados
en 1394) y no fueron oficialmente readmitidos hasta 1789. De
las diversas regiones de Alemania fueron expulsados mayormente
durante la Peste Negra, a la que nos referiremos en la próxima
lección. En Rusia la residencia de los judíos
fue prohibida entre el siglo V y 1772 (cuando masas judías
fueron incorporadas desde los anexados Polonia-Lituania). En
1495 fueron expulsados de Lituania, y readmitidos ocho años
después. Expulsiones de ciudades específicas hubo
muchas, como Praga en 1744 o Moscú en 1891.
La
expulsión más destacada es la de España,
en 1492, que removió por virtualmente medio milenio a
casi trescientos mil judíos, la mayor comunidad hebrea
de la época, que había producido filósofos,
astrónomos, poetas, médicos y notables contribuciones
al Siglo de Oro español.
Después
de la boda entre Fernando e Isabel, que unificó los tronos
de Castilla y Aragón en 1479, la homogeneidad nacional
española se transformó en un objetivo real, y
los judíos (y más tarde los conversos) fueron
percibidos como una amenaza a dicho objetivo.
Al
principio, los Reyes Católicos continuaron usando funcionarios
judíos y conversos, pero ulteriormente requirieron del
papa que extendiera a su reino las actividades de la Inquisición.
En el 1480 dos dominicos fueron designados inquisidores y en
los seis años siguientes más de setecientos conversos
fueron quemados en la hoguera. Tomás de Torquemada, confesor
de la reina, fue nombrado Inquisidor General en el 1483, y la
institución impuso el terror a los judíos de aldea
en aldea. En una década la Inquisición condenó
a trece mil conversos, hombres y mujeres.
La
marcha hacia la completa unidad religiosa fue vigorizada cuando
cayó el último bastión del poder musulmán
en España, con la entrada triunfal de los Reyes Católicos
en Granada, el 2 de enero del 1492. La presencia de miles de
conversos que se mantenían secretamente fieles al judaísmo,
fue considerada un escándalo que probaba que no bastaban
la segregación de los judíos y restricciones a
sus derechos: los Nuevos Cristianos aún debían
ser alejados de la influencia de judía.
El
edicto de expulsión total fue firmado en Granada y en
mayo comenzó el gran éxodo. A partir de entonces,
la vieja preocupación acerca de los Nuevos Cristianos
se transformó en una obsesión contra aquellos
que habían permanecido. Se prohibió a los Marranos
y sus descendientes ejercer cargos públicos, así
como la pertenencia a corporaciones, colegios, órdenes,
e incluso la residencia en ciertas ciudades.
Los
roles públicos fueron reservados en exclusividad a los
cristianos de "ascendencia impecable", es decir quienes
no eran sospechosos de antepasados judíos cualesquiera.
Si no quedaban judíos, pues el odio judeofóbico
necesitó de otro continente para descargarse: los Nuevos
Cristianos. Con el transcurso del tiempo, fueron redoblándose
los esfuerzos para desenterrar todo resabio de antepasados "impuros"
que hubiera sido pasado por alto.
En
Portugal, la discriminación legal entre Viejos y Nuevos
Cristianos fue abolida oficialmente sólo en 1773. España
fue más lejos: hasta 1860 se exigía pureza de
sangre para ingresar a la academia militar, y la más
prestigiosa de sus escuelas, la San Bartolomé de Salamanca,
se ufanaba de que rechazaba todo candidato sobre el que se corriera
el más mínimo rumor de contar con antepasados
judíos. Pero nadie podía estar absolutamente seguro
de tener "pureza de sangre desde tiempo inmemorial",
por lo que la mancha era negociable por medio de testigos sobornados,
genealogías barajadas y documentos falsificados.
Con
todo, el más atroz de los sufrimientos judíos
aún no ha sido abordado. Lo descripto hasta ahora fue
muchas veces considerado un mal menor, ya que la acechanza de
genocidios siempre se cernía sobre los judios. Así
se infiere por ejemplo de los escritos de un conocido filósofo
y rabino, el Maharal de Praga. Este anota que la era del exilio
que a él le había tocado en suerte era tolerable
porque el principal sufrimiento se limitaba a las expulsiones.
Así reza un poema de Eljanan Helin de Frankfurt de 1692:
"partimos en júbilo y en tristeza; aflicción,
debido a la destrucción y la desgracia. Mas nos alegramos
de haber escapado con tantos sobrevivientes". También
en Tevie el Lechero, la famosa obra de Scholem Aleijem (1894),
toma las expulsiones con ligereza: la razón por la que
usamos sombreros, deduce, es que debemos estar siempre preparados
para partir en cualquier momento.
Sin
embargo, las expulsiones no sólo significaban ingentes
pérdidas de propiedad, sino un debilitamiento de cuerpo
y de espíritu. Dejaron una marca indeleble en el pueblo
judío y su devenir, con sentimientos de extranjería.
Los judíos eran como empujados a los márgenes
de la historia. Considérese que después de 1492
no había judíos abiertamente identificados a lo
largo y ancho de toda la costa europea del Atlántico
Norte, durante un período en el que allí estaba
el centro del mundo.
Matanzas
Totales: Ocho Ejemplos
Pero
la peor parte del martirio judío fueron sin duda las
matanzas, que desde la antigüedad habían tenido
lugar esporádicamente, y desde las Cruzadas fueron sistemáticas.
La judeofobia fue superando su crueldad a lo largo de los siglos,
y cada superlativo iba empequeñeciéndose por eventos
posteriores.
Matanzas
bajo dominio cristiano, datan ya de los primeros siglos. En
Antioquía (ciudad que asumió en el Este la importancia
de Alejandría) facciones enfrentadas (los azules y los
verdes) terminaron por masacrar judíos e incendiar la
sinagoga de Daphne junto con los huesos de las víctimas
(circa 480). El emperador Zenón se limitó a comentar
entonces que hubiera sido preferible quemar a los judíos
vivos.
Pero
esas masacres ocasionales devinieron en norma durante la primera
mitad de este milenio, el período en el que la Iglesia
alcanzó el cenit de su poder. A modo de resumen, digamos
que los principales genocidios de judíos en la primera
mitad del milenio tuvieron lugar en el transcurso de cada una
de las tres primeras Cruzadas, y de cuatro campañas judeofóbicas
que las sucedieron. Añadiré a su enumeración,
el año y el nombre de los cabecillas, a saber: la Primera
Cruzada (Godofredo de Bouillon, 1096); la Segunda Cruzada (el
monje Radulph, 1144); la Tercera Cruzada (Ricardo Corazón
de León, 1190); los Judenschachters (Rindfleisch, 1298);
los Pastoureaux (el fray Pedro Olligen, 1320); los Armleder
(John Zimberlin, 1337); y la Muerte Negra (Federico de Meissen,
1348).
Como
escribiera Flannery, para encontrar en la historia de los judíos
un año más fatídico que 1096, habría
que remontarse a mil años antes hasta la caida de Jerusalem,
o a casi nueve siglos después hasta el Holocausto. Todo
comenzó el 27 de noviembre del 1095 en la ya mencionada
ciudad de Clermont-Ferrand, cuando durante la clausura de un
concilio, el Papa Urbano II convocó una campaña
"para liberar Tierra Santa del infiel musulmán".
Hordas de caballeros, monjes, nobles y campesinos, se lanzaron
sin organización a la aventura, pero eventualmente optaron
por comenzar la purga de los "infieles locales", y
acometieron ferozmente contra los judíos de Lorena y
Alsacia, exterminando a todos los que se negaban a bautizarse.
Corrió el rumor de que el líder Godofredo había
jurado no poner en marcha la cruzada hasta tanto no se vengara
la crucifixión con sangre judía, y que no toleraría
más la existencia de judíos.
En
efecto, un común denominador de las matanzas enumeradas
fue el intento de barrer a la población judía
íntegra, niños incluidos. Los judíos franceses
advirtieron del peligro a sus correligionarios alemanes, pero
infructuosamente. A lo largo del valle del Rhin, las tropas,
incentivadas por predicadores como Pedro el Hermitaño,
ofrecieron a cada una de las comunidades judías la opción
de la muerte o el bautismo. En Speyer, mientras los crusados
rodeaban la sinagoga, en donde se había refugiado la
comunidad presa del pánico, una mujer reinició
la tradición de Kidush Hashem, la aceptación voluntaria
del martirio para gloria de Dios. Cientos de judíos se
suicidaron y algunos aun sacrificaban primero a sus propios
hijos. En Ratisbon, los cruzados sumergieron a la comunidad
judía entera en el río Danubio a modo de bautismo
colectivo. Las matanzas se sucedían en Treves y Neuss,
en las aldeas a lo largo del Rhin y el Danubio, Worms, Mainz,
Bohemia y Praga.
El
fin del viaje era Jerusalem, en donde los crusados hallaron
a los judíos agolpados en sus sinagogas y procedieron
a incendiarlas (1099). Los pocos sobrevivientes fueron vendidos
como esclavos, algunos de los cuales fueron eventualmente redimidos
por comunidades judías de Italia. Pero la comunidad judía
de Jerusalem quedó destruida por un siglo. En los primeros
seis meses de la Primera Cruzada aproximadamente diez mil judíos
fueron asesinados, que constituían en esa época
un tercio de las poblaciones judías de Alemania y el
norte de Francia.
En
el año 1144, los cruzados perdieron Edessa, y se temió
por la suerte del Reino Latino de Jerusalem. El Papa Eugenio
III convocó la Segunda Cruzada, y sus sucesores "judaizaron"
la marcha. Se estipuló que no debía pagarse interés
sobre el dinero que se tomara de de judíos para financiar
la cruzada (nótese que desde el siglo XIII el término
cruzada se aplicó a toda campaña de la que la
Iglesia se veía políticamente beneficiada).
En
el 1146 el monje Radulph exhortó a los cruzados a vengarse
en "los que crucificaron a Jesús". Centenares
de judíos del Rhineland cayeron ante las hordas incitadas
que los aplastaban al grito de Hep, Hep! (esta consigna, que
probablemente era la abreviatura del latín Jerusalem
se ha perdido, fue un lema judeofóbico muy popular en
Alemania, y así se denominaron los tumultos contra judíos
alemanes en 1819).
Brutalidades
se perpetraron en Colonia y Wuezburg en Alemania, y en Carenton
y Sully en Francia. El famoso maestro Rabenu Jacob Tam fue acuchillado
cinco veces en recuerdo de las heridas sufridas por Jesús.
Pedro de Cluny (llamado el Venerable) solicitó que el
rey de Francia castigara a los judíos por "macular
el cristianismo. No debería matárselos, sino hacerlos
sufrir tormentos espantosos y prepararlos para una existencia
peor que la muerte". Puede verse que el pretendido celo
religioso de estos judeófobos no era sino una máscara
para poder descargar sus instintos más sádicos,
ideológicamente justificados.
La
tregua que se dio a los judíos europeos después
de de las dos primeras cruzadas, fue balanceada por las persecuciones
a las que los sometieron los almohades en España y Noráfrica.
Pero cuando Saladino puso fin al reino crusado en Jerusalem,
una Tercera Cruzada fue lanzada, a la que se sumaron con entusiasmo
el emperador de Alemania y el rey Felipe Augusto de Francia,
quien ya había hecho quemar a cien judíos en Bray,
como castigo por el ahorcamiento de uno de sus oficiales que
había asesinado a un judío.
La
novedad de la Tercera Cruzada fue que repercutió más
en Inglaterra, que en las dos primeras había tenido un
rol menor. Las comunidades judías de Lynn, Norwich y
Stamford, fueron íntegramente destruidas. En York, los
judíos se refugiaron en el castillo, al que se le puso
sitio, y en el que se autoinmolaron a comienzo de la Pascua
hebrea.
Para
los judíos, las Cruzadas pasaron a simbolizar la inveterada
hostilidad del cristianismo. Trescientos rabinos emigraron en
el 1211 a Eretz Israel, en la certeza de que si permanecían
en Europa Occidental pocas serían sus posibilidades de
sobrevivir. Y como lo rubrica Flannery "los que decidieron
quedarse terminaron lamentando su decisión". Al
mismo tiempo, el recuerdo de los mártires fue para los
judíos una fuente de inspiración para las generaciones
posteriores: Dios los había puesto a prueba y demostraron
ser héroes. Su martirio fue percibido como una victoria,
símbolo del pueblo entero. La mayoría de los que
se convirtieron por la fuerza pudieron ulteriormente regresar
al judaísmo... y terminaron siendo víctimas de
las matanzas que estallaron después. En la percepción
del cristiano, el judío se había transformado
en el implacable enemigo de su fe.
Las
Cruzadas revelaron en toda su dimensión el peligro físico
en el que se hallaban los judíos, lo que resultó
en dos efectos. En principio, los judíos se mudaron mudarse
a ciudades fortificadas en las que serían menos vulnerables
(esto puede ser una explicación parcial del carácter
urbano de los judíos que fue mencionado en la segunda
lección). Segundamente, se instituyó el status
de "siervos de la cámara real". Los judíos
compraron la protección de emperadores y reyes a un elevado
precio. Se consideraba que tendrían un privilegio si
se los protegía del fanatismo de las masas y de la rapacidad
de los barones. Pero en poco tiempo la supuesta protección
se transformó en un artificio para enriquecer la Corona.
La
teología ayudaba. El Papa Inocencio III proclamó
la "servidumbre perpetua de los judíos" y el
jurista Enrique de Bracton (m.1268) definió que "el
judío no puede tener nada de su propiedad. Todo lo que
adquiere lo adquiere para el rey". Para el siglo XIII era
un buen negocio poseer algunos judíos, antes de que fueran
eventualmente masacrados. Y las matanzas que sucedieron a las
Cruzadas probaron ser las más sombrías.
En
Rottingen en 1298 un noble llamado Rindfleisch incitó
a las masas, que quemaron en la hoguera a la comunidad íntegra.
Luego sus Judenschachters (asesinos de judíos) atravesaron
Austria y Alemania saqueando, incendiando y asesinando judíos
a su paso. Ciento cuarenta comunidades fueron diezmadas; cien
mil judíos asesinados.
En
el 1306 el rey de Francia hizo arrestar a todos los judíos
en un mismo día y les ordenó abandonar el país
en el plazo de un mes. Cien mil lo hicieron y se asentaron en
comarcas vecinas; nueve años después fueron readmitidos...
para ser nuevamente masacrados.
Un
monje benedictino lideró a los Pastoureaux (pastorcitos)
en una especie de cruzada que destruyó ciento viente
comunidades. En reacción a la matanza de los Pastoureaux
en Castelsarrasin y otras localidades entre el 10 y el 12 de
junio del 1320, el vizconde de Tolosa comandó una tropa
para detener a los revoltosos, y cargó veinticuatro carros
de Pastoureaux, a fin de encarcelarlos en el castillo de la
ciudad. Sin embargo, el populacho vino en socorro de los saqueadores
y los liberó. En efecto, otra característica común
de los genocidios es el grado pasmoso de apoyo campesino con
el que contaban. Y como es habitual en la judeofobia, lo peor
estaba por venir.
En
el 1336 John Zimberlin, un iluminado que había "recibido
un llamado para vengar la muerte de Cristo matando judíos"
lideró a cinco mil enardecidos armados, que usaban bandas
de cuero en los brazos (los Armleder) y se lanzaron al asesinato
de los judíos alsacianos. En Ribeauville fueron masacrados
mil quinientos. Finalmente, el 28 de agosto del 1339 se concluyó
un acuerdo entre el obispo de Estrasburgo y Zimberlin, que puso
fin a los desmanes.
El
séptimo genocidio mencionado en la lista fue el de la
Muerte Negra. Una plaga mató a alrededor de un tercio
de la población de Europa entre 1348 y 1350 (casi cien
millones de personas). Las comunidades judías de Europa
fueron exterminadas por el populacho enloquecido por tanta muerte.
¿Quién podía ser culpable de la plaga sino
el archiconspirador y envenenador, el judío?
El
emperador Carlos IV ofreció inmunidad a los que atacaran
judíos, otorgándoles sus propiedades a los favoritos
de la corte... ¡incluso antes de que una matanza tuviera
lugar! Por ejemplo, le ofreció al arzobispo de Trier
los bienes de los judíos "que ya han sido muertos
o lo sean en el futuro" y a un margrave de Nurenberg la
elección de las casas de judíos "cuando la
próxima matanza se lleve a cabo".
Debido
a Hitler que superó a todos, se tiene poco en cuenta
los genocidios previos. El ucraniano Bogdan Chmielnicky fue
eventualmente olvidado al perder su rol de peor genocida judeofóbico.
Combatió la dominación polaca de su país
asesinando a más de cien mil judíos en 1648-1649,
y hasta hoy es reverenciado como héroe nacional de Ucrania.
Así lo describió el cronista de la época,
Natan Hanover en su libro Ieven Metzula ("El fango profundo")
págs. 31-32: "A algunos de los judíos les
arrancaban la piel y arrojaban su cuero a los perros. A otros
les cortaban las manos y los pies y arrojaban a los judíos
al camino en donde eran finalmente pisoteados por caballos...
Muchos eran enterrados vivos. A los infantes se los mataba en
el pecho de la madre; a muchos niños se los despedazaba
como pescado. Desgarraban los vientres de las mujeres preñadas,
extraían a los bebés no nacidos y se los tiraban
a las madres en las caras. A algunas les abrían el vientre
y reemplazaban el feto con gatos vivos y las dejaban así,
asegurándose primero de cortarles las manos para que
las mujeres no pudieran sacarse el gato de su cuerpo... No hubo
nunca en el mundo una muerte no-natural que no les infligieran".
La
pregunta acerca de cuán profundo debe de ser un odio
que lleve a semejantes atrocidades, tendrá respuesta
parcial en la próxima clase, cuando nos refiramos a la
mitología judeofóbica que las sostuvo. Pero adelantemos
que tanta muerte atroz debe ser motivo de reflexión.
Máximo Kahn, un intelectual judío que escapó
de Alemania y se radicó en la Argentina, escribió
en 1944: "La muerte de los judíos es, quizá,
la más enigmática de todas las muertes; ciertamente
es la más acusadora. Durante dos mil quinientos años
se ha venido matando a los judíos en vez de permitir
que mueran... Se empezó a matar judíos con tanto
éxtasis que la muerte natural ya no les causó
terror... los judíos se agarraron a la muerte natural
como si fuera vida, como si fuera luz del sol, canto de pájaros,
fragancia de flores o amor. Nada les pareció tan apetecible
como poder morir sin huellas de homicidio en el cuerpo. Su vida
se convirtió en esperar la muerte. Es de extrañar
que la palabra judío no se haya vuelto sinónimo
de moribundo... el judaísmo es una salud incurable".
El
odio ilimitado que se descargó contra los judíos
estaba sostenido por un cuerpo mitológico que vamos a
revisar en la próxima lección.
Sexta
unidad - La Mitología judeófoba
El sufrimiento que venimos estudiando fue relatado en un libro
de 1558 de Josef Ha-kohen, bajo el bíblico título
de El Valle de Lágrimas (Emek Ha-Bajá). Refiere
"las penas que cayeron sobre nosotros desde el día
del exilio de Judea de su tierra". Tres preguntas pueden
formularse acerca de esas lágrimas.
La
primera: por qué los judíos siempre sufren. Respuesta:
si al decir por qué aludimos a las causas de la judeofobia,
bueno, precisamente ése es el tema de nuestro curso,
y para el final habrá explicaciones.
Pero
si el por qué sugiere que debe de haber cierta paranoia
si encontramos a los judíos siempre como víctimas,
nuestra respuesta es que la judeofobia es en efecto una enfermedad
social enorme que consiste en el odio hacia los judíos,
y por ende, siempre los tuvo como víctimas principales.
Persistió por milenios exterminando judíos, alcanzó
un genocidio de seis millones hace cincuenta años (un
tercio de la población judía mundial) y sigue
con vitalidad para continuar.
La
segunda pregunta es si la gigantesca magnitud de la judeofobia
acaso significa que todo el mundo odia (u odió) a los
judíos. La respuesta es no, no todo el mundo está
enfermo de judeofobia, pero no es la parte sana el objeto de
nuestro estudio, aun cuando es mayoritaria.
La
tercera pregunta es si el clero de la Iglesia medieval era unánime
en su letal postura judeofóbica. Otra vez, la respuesta
es no. Incluso en períodos en los que la postura teológica
de la Iglesia era judeofóbica, en el plano individual
hubo eclesiásticos que rechazaron la violencia contra
los judíos. Desde antaño hay ejemplos de obispos
y sacerdotes que intentaron proteger a los judíos.
Cuando
la sinagoga de Ravenna fue incendiada (c.550), Teodorico ordenó
que la población católica la reconstruyera y flagelara
a los incendiarios. Durante la primera cruzada el Obispo Comas
salvó a los judíos de Praga. En la segunda, Bernardo
de Clairvaux defendió activamente a los judíos
que eran asesinados.
El
problema, sin embargo, es que los judeófobos más
virulentos de la Iglesia fueron (y siguen siendo) reverenciados
como santos. El crimen de la judeofobia se cometía con
virtual impunidad. El fray Juan Capristano (m. 1456) instó
a la abolición de los derechos a los judíos en
Nápoles y otras ciudades, incluyendo la cancelación
de las deudas que cristianos hubieran contraído para
con ellos. Más tarde, debido a sus actividades en Breslau,
muchos judíos fueron torturados y quemados vivos; muchos
fueron empujados al suicidio.
La
abolición de los derechos de los judíos en Polonia
por Casimiro IV también fue resultado de las maniobras
de Capistrano, e inició una ola de desmanes antijudíos.
Ni siquiera les permitió a los judíos escapar
ese destino: fue el responsable de un edicto papal que prohibía
el transporte de judíos a la Tierra de Israel. Durante
su vida, recibió tanto el mote de "azote de los
judíos" como el cargo de Inquisidor papal. Más
de dos siglos después de su muerte fue canonizado y,
desde entonces, cada 28 de marzo los católicos reverencian
su memoria.
El
mensaje de la Iglesia era, cuando menos, incoherente. Difundía
la enseñanza del desprecio, pero ocasionalmente intentaba
detener a los despreciadores que se apresuraban en cometer horrendos
crímenes; el intento era tardío e insuficiente.
Esta postura nunca varió radicalmente. Por ello uno de
los primeros historiadores del Holocausto, Raul Hilberg, fue
capaz de trazar una tabla que muestra cómo cada una de
las principales Leyes de Nürenberg de la Alemania nazi
tenía su precedente en la legislación eclesiástica.
La
declaración de la Conferencia de Obispos Holandeses de
1995 fue un punto de inflexión en la historia de la Iglesia,
al admitir que hay un sendero directo que une la teología
del Nuevo Testamento con Auschwitz.
También
durante la Segunda Guerra la posición del Vaticano reflejó
esta habitual ambivalencia, cuando sus reservas acerca del nazismo
se limitaron a proteger a católicos "no-arios".
Es cierto que las encíclicas de la Iglesia y sus pronunciamientos
rechazaban el dogma racista y cuestionaban algunas tesis nazis
como erróneas, pero siempre omitieron criticar, o siquiera
mencionar, el ataque específico contra los judíos.
En 1938, Pío XI supuestamente condenó a los cristianos
judeofóbicos, pero esta condena fue omitida por todos
los diarios de Italia que informaron sobre el mensaje papal.
Su sucesor, el germanófilo Pío XII, ya desde 1942
había recibido información sobre el asesinato
de judíos en los campos. A pesar de ello restringió
todos sus pronunciamientos públicos a expresiones muy
cuidadosamente formuladas de simpatía por "todas
las víctimas de la injusticia".
La
neutralidad y el silencio del papa continaron incluso cuando
los alemanes cercaron a ocho mil judíos de Roma en 1943.
Mil de ellos, mayormente mujeres y niños, fueron transportados
a Auschwitz. Al mismo tiempo, con la anuencia papal, más
de cuatro mil judíos encontraron refugio en muchos monasterios
de Roma (algunas decenas en el Vaticano mismo).
Sin
duda, el papa no tenía poder como para detener el Holocausto,
pero podría haber salvado miles de vidas si hubiera adoptado
públicamente una posición contra el nazismo. Hitler,
Goebbels y muchos otros cabecillas nazis, murieron como miembros
de la Iglesia Católica, y nunca fueron excomulgados (lo
que contrasta con el hecho, por ejemplo, de que el presidente
argentino Juan D. Perón fue excomulgado cuando en 1955
atacó la influencia de la Iglesia, y unos pocos meses
después fue derrocado).
Un
sacerdote católico lideró el régimen nazi
de Eslovaquia, y tambíen fueron católicos un cuarto
de los miembros de las SS, así como casi la mitad de
la población del Gran Reich Alemán.
La
resuelta reacción del Episcopado alemán contra
el programa nazi de eutanasia, logró que virtualmente
se suspendiera el plan. Pero los judíos no avivaron en
la Iglesia la compasión que despertaron los insanos y
los retardados. Respecto de los judíos, la Iglesia estuvo
interesada más en salvar sus almas que sus cuerpos. Las
cancillerías diocesanas incluso proveyeron al régimen
nazi de los registros de las iglesias, con datos personales
acerca del marco religioso del que provenían sus feligreses.
Cuando
las deportaciones de los judíos alemanes comenzaron en
octubre de 1941, el episcopado limitó su intervención
a suplicar por los que se habían convertido al cristianismo.
Los obispos recibieron informes sobre la matanza de judíos
en los campos de muerte, pero su reacción pública
se limitó a vagos pronunciamientos vagos que eludían
el mero término judíos.
Hubo,
claro, excepciones, tanto nacionales como individuales. Una
de éstas fue el prelado berlinés Bernhard Lichtenberg,
quien rezó públicamente por los judíos
(y falleció en su camino a Dachau). Una nación
excepcional fue Holanda, en donde ya en 1934 la Iglesia prohibió
la participación de católicos en el movimiento
nazi. Ocho años después los obispos protestaron
públicamente ante las primeras deportaciones de judíos
holandeses, y en mayo de 1943 prohibieron la colaboración
de policías católicos en las cazas de judíos,
aun a costa de que así debieran perder sus puestos. Muchos
judíos salvaron sus vidas gracias a las audaces acciones
de rescate de clérigos menores, monjes, y laicos católicos.
Ahora
pasaremos a lo fundamental que quedó pendiente de nuestra
última lección: los tres principales mitos cristianos
inventados en la Edad Media, a través de los cuales la
judeofobia fue transmitida desde el siglo XIV.
Libelo
de Sangre o Asesinato Ritual
Este
es una de las expresiones máximas de histeria colectiva
y crueldad humanas. Se trata de la acusación de que los
judíos asesinan a no-judíos (especialmente cristianos)
a los efectos de utilizar su sangre en la Pascua u otros rituales.
Hubo
cientos de libelos, que en general seguían el mismo esquema.
Se hallaba un cadáver (usualmente el de un niño,
y más frecuentemente cerca de la Pascua cristiana), los
judíos eran acusados de haberlo asesinado para usar ritualmente
su sangre. Los principales rabinos o líderes comunitarios
eran detenidos y se los torturaba hasta que confesaban que en
efecto eran culpables del crimen. El resultado era la expulsión
de toda la comunidad de esa comarca, tormentos para una buena
parte de sus miembros, o bien el exterminio expedito de todos
ellos. Generación tras generación, judíos
fueron torturados en Europa y comunidades enteras fueros masacradas
o dispersadas debido a este mito.
Algunos
aspectos son indispensables para entender la enormidad del libelo,
a saber:
1.La
ignorancia de los gentiles con respecto de la religión
judía (por ejemplo en el judaísmo está
totalmente prohibida la ingestión de sangre); 2.En el
medioevo, el pan de la comunión creaba una atmósfera
emocional en la que se sentía que el niño divino
se escondía misteriosamente en el pan compartido. El
friar Bertoldo de Regensburg solía preguntar: "¿quién
quisiera morder la cabeza, la mano o el pie del bebé?"
En este contexto, el libelo podría considerarse como
una especie de proyección colectiva: si detestamos ingerir
sangre humana, atribuyámoselo a otros. 3.Según
una superstición difundida en Alemania, la sangre, incluso
la de cadáveres, podía curar.
En
ese país ocurrió el primer caso, en Wuerzburg
1147. Un niño cristiano fue supuestamente crucificado
por judíos (el motivo de la cruz explica por qué
los libelos ocurrían generalmente en la época
de la Pascua). En Fulda (1235) se agregó otro motivo:
los judíos beben sangre cristiana con motivos medicinales.
En Munich (1286) se enfatiza que los judíos rechazan
la pureza, odian la inocencia del niño cristiano. Así
narró los hechos el monje Cesáreo de Heisterbach:
"el niño cristiano cantaba 'Salve regina' y como
los judíos no pudieron interrumpirlo, le cortaron la
lengua y lo despedazaron a hachazos".
Así
lo explican ciudadanos de Tyrnau (Trnava) en 1494: "los
judíos necesitan sangre porque creen que la sangre del
cristiano es un buen remedio para curar la herida de la circuncisión.
Entre ellos tanto los hombres como las mujeres sufren de la
menstruación... Además tienen un precepto antiguo
y secreto, por el que están obligados a derramar sangre
cristiana en honor de Dios, en sacrificios diarios, en algún
lugar".
Inglaterra,
España, Italia
En
el caso de Norwich (1148) "los judíos compraron
al niño mártir William antes de la Pascua y lo
torturaron como a nuestro Señor, y durante el Viernes
Santo lo colgaron en una Cruz". Esa descripción
se reitera en Gloucester (1168) y en Lincoln (1255). En 1290,
los judíos fueron expulsados de una Inglaterra enrarecida
por la difusión de los libelos, y aun un siglo después
de la expulsión, Geoffrey Chaucer lo recoge en sus prólogos
a los Cuentos de Canterbury.
También
la expulsión de España fue precedida por una atmósfera
hostil debida a los libelos. El de La Guardia tuvo lugar en
1490-1491, y de inmediato se instituyó el culto del Santo
Niño mártir. El primer libelo español data
de 1182 en Saragosa, y el asunto terminó por incluirse
en la ley. El Código de las Siete Partidas (1263) reza:
"Hemos oido decir que en ciertos lugares durante el Viernes
Santo los judíos secuestran niños y los colocan
burlonamente sobre la cruz".
Detalles
fueron agregándose a la historia, que asumió grandes
proporciones. En 1583 Fray Rodrigo de Yepes escribió
la Historia de la muerte y glorioso martirio del Santo Inocente,
que llaman de La Guardia (después de casi un siglo sin
judíos en España) y el argumento sirvió
de base para la obra de Lope de Vega El Niño Inocente
de La Guardia. En el siglo XVIII José de Canizares lo
adaptó en La Viva Imagen de Cristo y Gustavo Adolfo Bécquer
(1830-1870) en La rosa de pasión. En 1943 fueron republicados
por Manuel Romero de Castilla bajo el título de Singular
suceso en el Reinado de los Reyes Católicos.
Un
caso crucial en Italia fue una especie de crónica anunciada.
Durante la Cuaresma de 1475, el franciscano Bernardino da Feltre
anunció que los pecados de los judíos pronto serían
revelados. El Jueves Santo un niño llamado Simón
desapareció, y al poco tiempo su cadáver fue encontrado
al lado de la casa del jefe de la comunidad israelita. Todos
los judíos, hombres, mujeres y niños, fueron arrestados.
Diecisiete de ellos fueron sometidos a torturas durante quince
días, después de los cuales terminaron por "confesar".
Uno de los judíos murió en tormentos, seis quemados
en la hoguera, y a los dos que aceptaron convertirse se los
estranguló. Al principio el Papa Sixto IV detuvo los
procedimientos judiciales, pero en 1478 su bula Facit nos pietas
aprobó el juicio. La propiedad de los judíos ejecutados
fue confiscada y a partir de entonces, los judíos tuvieron
prohibida la residencia en Trento (hasta el siglo XVIII tenían
aun prohibido el paso por la ciudad). El niño Simón
fue beatificado.
Después
de este éxito, el fray Bernardino urdió escenarios
similares en Reggio, Bassano y Mantua, e instó a la expulsión
de los judíos de Peruggia, Gubbio, Ravenna, y Campo San
Pietro. Sus últimas víctimas fueron los judios
de Brescia, en 1494, el año de su muerte. Al poco tiempo
el propio Bernardino fue beatificado, y la Iglesia tardó
cinco siglos para anular la beatificación de Simón,
en 1965.
Con
todo, la posición de la Iglesia y de los monarcas fue
en general contraria a los libelos. Después del mentado
en Fulda (1235), el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico,
Federico II de Hohenstaufen, decidió clarificar el caso
definitivamente a fin de proceder: si los judíos eran
culpables se los mataría a todos; si eran inocentes,
se los exoneraria públicamente. Las autoridades del clero,
como no fueron capaces de llegar a una decisión concluyente
"creemos necesario... dirigirnos a gente que alguna vez
fue judía y se convirtió al culto de la fe cristiana;
ya que ellos, como oponentes, no guardarán silencio sobre
nada que puedan saber sobre este asunto entre los judíos".
En
consecuencia, el emperador solicitó de reyes de Occidente
que enviaran "judíos conversos al cristianismo,
decentes y estudiosos, para tomar parte de un sínodo",
que eventualmente se expidió así: "No puede
hallarse, en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, que los judíos
requieren de sangre humana. Por el contrario, esquivan la contaminación
con cualquier tipo de sangre". El documento, que cita de
varias fuentes judías, agrega que "hay una alta
probabilidad de que aquéllos para quienes está
prohibida incluso la sangre de animales permitidos, no pueden
desear sangre humana".
Otro
pronunciamiento escrito fue el del Papa Inocencio IV en 1247:
"cristianos acusan falsamente... que los judíos
llevan a cabo un rito de comunión con el corazón
de un niño asesinado; y en cuanto se encuentra el cadáver
de una persona en cualquier sitio, se les hace recaer maliciosamente
la responsabilidad".
Pero
la desaprobación de papas y emperadores no impidió
que los casos de libelos se multiplicaran, sobre todo en Polonia,
en donde el Consejo de las Tierras, órgano representativo
de los judíos, envió un delegado al Vaticano,
y logró que el cardenal Lorenzo Ganganelli (más
tarde Papa Clemente XIV) emprendiera otra investigación
exhaustiva. Ganganelli se sumó a quienes se pronunciaron
contra el libelo: "Debe comprenderse con cuánta
fe viviente deberíamos pedirle a Dios como el salmista
'líbrame de la calumnia de los hombres'. Espero que la
Santa Sede tome medidas para proteger a los judíos de
Polonia, del mismo modo en que San Bernardo, Gregorio IX e Inocencio
IV obraron en defensa de los judíos de Alemania y de
Francia".
En
Tiempos Modernos
Desde
el siglo XVII, los casos de libelo de sangre se extendieron
a Europa Oriental. En 1636 en Lublin, la viuda Feiguele se mantiene
firme ante el tormento. A partir del siglo XIX, judeófobos
hicieron conspicuo uso del libelo para incitar a las masas en
varios países, incluida Siria, en donde el affaire de
Damasco de 1840 introdujo el mal en el mundo musulmán.
Allí el influyente cónsul francés se sumó
a los libelistas mientras toda la comunidad era arrestada y
torturada, en el contexto de la pugna de las potencias occidentales
para influir en el Medio Oriente.
Con
todo, el principal perpetuador del libelo de sangre en tiempos
modernos fue Rusia. Aquí se diseminó sin pausa
avalado por los zares, quienes en general tuvieron una actitud
mucho peor que la de papas y reyes medievales.
El
primer caso en Rusia fue en Senno (cerca de Vitebsk, Pascua
de 1799). Cuatro judíos fueron arrestrados despues de
que el cadáver de una mujer fuera encontrado cerca de
una taberna judía. Apóstatas proveyeron a la corte
de extractos de una traducción distorsionada de literatura
rabínica como el Shuljan Aruj y Shevet Iehuda. Pese a
que los acusados terminaron siendo liberados por falta de pruebas,
el poeta G.R. Derzhavin incluyó en su Opinión
elevada al zar acerca de la organización del status de
los judíos en Rusia, que "en estas comunidades se
hallan personas que perpetran el crimen, o por lo menos protegen
a perpetradores, de derramar sangre cristiana, de lo que los
judíos fueron sospechosos en varias épocas y en
diferentes países. Si bien opino que tales crímenes,
incluso si fueron cometidos a veces en la antigüedad, eran
llevados a cabo por fanáticos ignorantes, creo apropiado
no pasarlos por alto".
Entre
1805 y 1816 ocurrieron más casos y, para evitar su mayor
diseminación, el ministro de asuntos eclesiásticos,
A. Golistyn, envió una circular a los jefes de gobernaciones
el 6/3/1817, donde explicita que los monarcas polacos y los
papas invariablemente invalidaron los libelos, y las cortes
los`refutaron. La circular ordenaba que "de aquí
en adelante los judíos no sean acusados de asesinar ninos
cristianos, sin evidencia, y sobre el mero prejuicio de que
necesitan de sangre cristiana".
A
pesar de la circular, el zar Alejandro I dio instrucciones de
revivir las acusaciones en Velizh. El juicio duró diez
años, y aunque los judíos fueron finalmente exonerados,
cabe reflexionar en la atmósfera que generaba un juicio
tan largo sobre un tema tan escabroso. El zar Nicolás
I se negó a firmar la circular de Golistyn, considerando
que "hay entre los judíos salvajes fanáticos
o sectas que requieren sangre cristiana para su ritual".
El libelo recibía así un sello oficial, y ocurrieron
muchos en Telz, Kovno (1827); Zaslav, Volhynia (1830); y Saratov
(1853).
Otro
comité especial designado en 1855 para investigar, incluyó
teólogos, orientalistas y apóstatas. Revisaron
manuscritos hebreos y publicaciones y, otra vez, concluyeron
que no había evidencia alguna del uso de sangre cristiana
entre los judíos.
En
los años setenta del siglo pasado recrudeció la
judeofobia, y el libelo fue motivo habitual en la propaganda
literaria y la prensa. En alguna medida estas obras remedaban
las que se habían publicado en Alemania y Francia, en
las que "expertos" judeófobos "probaban"
el libelo, como: Le mystere du sang chez les juifs de tous les
temps, de H. Desportes (1859), prologada por Edouard Drumont;
y Talmud in der Theorie und Praxis, de Konstantin C. Pawlikowski
(1866).
Dos
ejemplos de esta literatura en Rusia son Sobre el uso de sangre
cristiana por sectas judías con propósitos religiosos
(1876) de H.Lutostansky, que agotó varias ediciones,
y El Talmud desenmascarado de J.Pranatis, que sigue publicándose.
Contra algunos de los calumniadores se iniciaron juicios de
difamación. Y las de crimen ritual continuaban.
Con
el fortalecimiento de la extrema derecha (Unión del Pueblo
Ruso) en la Tercera Duma, las autoridades necesitaban de más
casos que justificaran la judeofobia reinante. Uno muy notorio
fue el Caso Beilis (1911-1913), armado por el ministro de justicia
Shcheglovitov, que despertó la oposición de centenares
de intelectuales rusos, entre ellos V. Korolenko y Máximo
Gorki. La eventual exoneración de Beilis fue una derrota
para el régimen pero, otra vez, la atmósfera de
veneno judeófobo surgía con el mero juicio, independientemente
de sus resultados.
Cuando
los nazis asumieron el poder en Alemania, utilizaron el libelo
en su propaganda. Reanimaron las investigaciones y los juicios
(Memel 1936, Bamberg 1937, Velhartice -Bohemia- 1940). El 1/5/1934
el periódico Der Stuermer dedicó al tema una edición
horrorífica con ilustraciones. Hombres de ciencia alemanes
colaboraron en la difusión.
Incluso
para 1960 un periódico soviético de Daguestán
afirmó que los judíos devotos necesitaban sangre
de musulmanes para sus ritos.
Fuera
de Alemania (donde en general ocurrienron un tercio de todos
los libelos) hubo cuatro casos en el siglo XX. El primero de
éstos fue el caso Hilsner. Tomás Masaryk, fundador
y primer presidente de la Checoslovaquia moderna, tomó
una activa postura en contra del mismo, "no para defenderlo
a Hilsner (el acusado, un joven vagabundo) sino para defender
a los cristianos de la superstición". Masaryk fue
duramente atacado y su cátedra universitaria fue suspendida
debido a las manifestaciones de estudiantes. Este caso también
creó una ola de tumultos judeofóbicos en Europa,
orquestados por el "especialista" vienés Ernst
Schneider.
Los
libelos ahondaron el estereotipo satánico del judío
y, otra vez, el problema no era que la Iglesia lo difundiera.
Por el contrario, vimos que usualmente se oponía, y en
general trataba de detener las matanzas, pero con su característica
ambivalencia. Los niños "mártires" eran
reverenciados como santos, tales como en los casos de San Hugh
de Lincoln, el Santo Niño Mártir de La Guardia,
y Simón de Trento. Cada año durante siglos, los
cristianos honraban la memoria de los puros inocentes que habían
sido supuestamente asesinados en espantosos rituales judíos.
La
Hostia y la Peste Negra
En
el Cuarto Concilio Laterano de 1215 fue reconocida oficialmente
la doctrina de la Transubstanciación, según la
cual la hostia (galleta usada en la ceremonia de la Eucaristía)
se transforma en el cuerpo de Jesús. Los protestantes
eventualmente modificaron la doctrina y consideran que se trata
sólo de un símbolo del cuerpo mas no Jesús
en persona (que es el dogma católico hasta hoy).
Este
segundo mito, el de la profanación de la hostia, sostenía
que los judíos secretamente las robaban de las iglesias
para torturarlas y reeditar los sufrimientos de Jesús.
Obviamente, había en esta superstición mayor irracionalidad
aun, puesto que los judíos claramente descreían
de toda transusbtanciación. Pero esta acusación
trajo más persecución y matanzas. La mayor parte
de los cuarenta casos principales se perpetraron en Alemania
y Austria.
El
mito se basaba en los supuestos poderes sobrenaturales de la
hostia, y en el prejuicio de que los judíos anhelaban
renovar en Jesús los sufrimientos de la pasión.
Su perfidia era tal, que no abandonaban los tormentos aun cuando
de la hostia emanaran sangre o sonidos, o si echaba a volar.
(La explicación de la "sangre" es que un honguillo
de color escarlata puede formarse en comida rancia que se deja
en lugares secos. Se lo denomina Micrococcus prodigiosus).
La
primera supesta profanacíon fue en Belitz (cerca de Berlín)
en 1243. Un grupo de judíos y judías fueron quemados
en la hoguera en lo que pasó a denominarse Judenberg
(monte de los judíos). En Italia hubo pocos casos debido
especialmente a la protección de los papas, pero se expresó
en el arte, como la Desecración de Paolo Uccenno (1397-1475)
hecha para el altar de la Confraternidad del Santo Sacramento
de Urbino.
De
Inglaterra, los judíos fueron expulsados antes de que
se difundiera la desecración de la hostia, pero también
allí se reflejó en el arte, como en el Croxton
Sacrament Play, escrito en 1491, dos siglos después de
la expulsión.
Casos
famosos fueron el de París de 1290; el de Bruselas de
1370 (que llevó a la destrucción de la judería
belga, se celebró en una fiesta especial y todavía
se lo ve grabado en las reliquias de la Iglesia de Santa Gudule);
el de Knoblauch en 1510, que resultó en treinta ocho
ejecuciones y la expulsión de los judíos de Brandenburgo.
Por lo menos dos casos son aún celebrados localmente:
el de Deggendorf, Bavaria, que data de 1337, y el de Segovia
de 1415, que supuestamente había producido un terremoto,
y resultó en la confiscación de la sinagoga y
la ejecución de los líderes judíos.
Precisamente
en España el infante don Juan de Aragón patrocinó
algunas acusaciones. En la de Barcelona de 1367 varios sabios
(como Hasdai Crescas, Nisim Gerondi e Isaac B. Sheshet) se hallaban
entre los arrestados con la comunidad entera (hombres, mujeres
y niños), encerrada en la sinagoga por tres días
sin comida. Como no confesaron, el rey ordenó su libertad,
y sólo tres judíos fueron ejecutados. Diez años
después hubo casos en Teruel y Huesca.
El
caso de Lisboa de 1671 se produjo cuando ya no había
judíos en Portugal. Por lo tanto, cuando la hostia de
la iglesia de Orivellas fue robada, un edicto real ordenó
la expulsión... de todos los Nuevos Cristianos. Las supuestas
desecraciones continuaron hasta el último caso, en 1836
en Bislad, Rumania.
El
último mito de esta trilogía fue la ya mentada
Peste Negra. Entre 1348 y 1350 una epidemia múltiple
s (bubónica, septicémica y neumónica) causada
por el bacilo pasteurella pestis, arrasó a casi cien
millones de personas, un tercio de la población europea.
En centros de densidad poblacional, como monasterios, la tasa
de mortandad era superior. La racción popular fue extrema:
o bien se buscó refugio en el arrepentimiento y las súplicas
a Dios, o bien lanzándose al libertinaje y el salvajismo.
Lo curioso es que estas dos actitudes se combinaron en que arremetían
contra los judíos, quienes fueron acusados de envenenar
los pozos de agua para destruir la cristiandad. En esos años
miles de judíos fueron masacrados.
La
bula del Papa Clemente VI (26/9/1348) vino a defenderlos, y
definió la plaga como "pestilencia con que Dios
aflige al pueblo cristiano". La vasta mayoría de
la población, empero, la veía como pestis manufacta
(artificial), la forma más simple de entenderla (y después
de tanta matanza contra los judíos, podía sospecharse
de que en algún momento éstos buscarían
venganza).
La
primera acusación fue en septiembre de 1348 en Castillo
de Chillon del lago de Ginebra. Los judíos "confesaron"
que la plaga había sido diseminada por un judío
de Savoy guiado por un rabino que había preparado el
veneno. Las matanzas se extendieron entre España y Polonia,
destruyendo trescientas comunidades. Los llamados Flagelantes
expiaban sus pecados matando judíos a su paso.
Las
matanzas se dieron especialmente en Alemania, aun cuando al
principio el emperador Carlos IV intentó defenderlos.
Después se sumó al fervor de las hordas y concedió
"perdón por cada transgresión que incluía
el asesinato y destrucción de judíos". En
muchas localidades los judíos fueron asesinados aun antes
de que la plaga llegara. En Mainz, seis mil judíos fueron
llevados a la hoguera, y en Estrasburgo dos mil judíos
fueron quemados en una pira gigantesca en el cementerio judío.
El
mito de los judíos envenenando pozos agravó su
imagen diabólica, y después de la Peste Negra
el status de los judios se había deteriorado por doquier.
Hubo
en la Edad Media otros mitos que armaron el arsenal judeofóbico,
pero ninguno fue mortífero como los mencionados. Uno
adicional fue el del Judío Errante, una figura de la
leyenda cristiana condenada por Jesús a vagar hasta su
segunda venida, debido a que lo desairó o le pegó
en su camino a la crucifixión. Dio lugar a muchos cuentos
aun hasta este siglo. Nación aparentemente en Bolonia
en 1233, cuando peregrinos del monasterio de Ferrara relataron
que vieron a un judío en Armenia que había presenciado
la Pasión de Jesús, lo ofendió, se arrepintió
y se convirtió al cristianismo. Los nombres del Judío
Errante varían en idiomas y tradiciones: Cartaphilus,
Buttadeus, Votadio, Juan Espera en Dios, Ajasuerus, Isaac Laquedem,
y Der ewige Jude. Se transformó, en efecto, en símbolo
del pueblo judío todo, culpable y errante en el mundo.
Este mito influyó arte y literatura, pero no produjo
genocidios.
En
contraste, la mentada trilogía generó máximo
sadismo, y transformó la voz judío en sinónimo
de diabólico. El arte medieval muestra al judío
con cuernos, cola, cara satánica, postura grotesca, en
compañía de puercos y escorpiones.
En
el siglo XVI se produjo un cisma en la Iglesia, y nació
el protestantismo, que entre otras facetas buscó recuperar
las raíces hebreas del cristianismo. Pero fueron infundadas
las esperanzas prematuras en que los judíos serían
respetados por una Iglesia de mayor compasión hacia ellos.
Lo veremos en nuestra próxima lección.
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